Columnas y video

por La hora del escarnio


Por: Jorge Esteban Benavides Noguera

http://pesimismosano.wordpress.com/

@jebn89

Columna nueva:

Uribe, ¡no joda más!

Últimamente he llegado a pensar que para dar golpes de opinión lo único que se necesita es ser ex presidente. Los míos han sido Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe, y cualquier cosa que digan ellos es suficiente para desatar la controversia en Colombia.  Ay, mi país, ¿por qué demonios permitimos que los ex presidentes, los que tan mal nos dejaron y de los que tan mal hablamos, sean los que dirijan los debates públicos de nuestra nación?

Ingenuamente creí que podíamos deshacernos de Uribe si se evitaba su segunda reelección, cosa que afortunadamente sucedió. De no haber sido así, mi generación iba a tener por doce años un mismo presidente, lo que hubiese sido nuestra pubertad, adolescencia, juventud y entrada a la adultez. Sin embargo, Uribe sigue ahí jodiendo, le siguen haciendo caso y no dejará de ser parte de nuestra realidad por mucho tiempo más. Nunca me imaginé que alguien que en su momento no hacía parte del imaginario de nuestra tradición política sea ahora nuestra figura política más latente. ¿A quién le echamos la culpa?

Yo creo que hay que empezar por los que votaron por Uribe y quienes lo reeligieron por primera vez. Aquellos compatriotas fans de la cultura ‘paraca’ y promotores de las desigualdades; aquellos ignorantes que creen que los problemas del país empiezan por la letra F. Esos mismos que no fueron capaces de aprobar el referendo de su presidente que imponía un límite para las pensiones de los servidores públicos. En fin, aquellos colombianos que creyeron y siguen creyendo que calidad de vida es poder ir a la finca
únicamente parando en los peajes.

Los medios de comunicación son también culpables. La fácil es mirar el Twitter de Uribe y de una sacar el titular. También publican sus comunicados y están pendientes de sus actividades. Y sigo sin entender por qué buscan alimentar el morbo de una pelea entre Santos y Uribe, ¿cuál es el fin? Si Uribe dejara de mojar prensa, de una nos lo quitamos de encima, porque así debe ser, porque ya cumplió su ciclo. Pero como somos expertos en iluminar lo irrelevante, pues el gobierno actual está feliz de que los periodistas no están detrás de su gestión.

Por eso, creo que fue desgastante y poco provechosa la discusión sobre si hay o no conflicto armado en Colombia. Todo por prestar atención a las rabietas de Uribe. Decir que no hay conflicto en este país es decir que acá no hay café ni coca, sino nabos y arándanos como en Suecia. Y que yo recuerde, Uribe nunca le hizo caso a sus opositores y por eso hasta cierto punto hizo lo que quiso. Ahora, señor ex presidente, le toca respetar. Usted puede opinar pero tampoco exigir que se haga lo que le dicta su pensamiento, ya que ni siquiera su bancada lo acompañó en ese debate.

El guayabo uribista lleva ya nueves meses. Mucho. A Uribe le quedan por lo menos 20 años más de vida. Mucho. Así que por favor, no permitamos que este ex presidente siga siendo noticia, porque no quiero que sea el único político de mi generación que aparezca en los libros de historia de colegio.

Columnas pasadas:

Colombianos rateros

Yo también he robado. Contadas: dulces o monas del álbum del mundial de USA 94 en un LEY (cuando era un niño), un par de aretes artesanales en Pueblito Patojo en Popayán (cuando tenía como 15 años), alguna que otra bebida mientras hago mercado en el Éxito y también una caja de condones en el mismo lugar (en mi vida actual como universitario). Pero desde hace mucho que no lo hago y todas esas veces me ha quedado el cargo de conciencia: que si me van a agarrar o que si la vida me las va a cobrar a la vuelta de la esquina.

Creo que todos alguna vez hemos robado, ¿Usted no? Mi fin no ha sido enriquecerme, lo he hecho por diversión o protesta, y aún así me ha temblado la mano. Pero robar es robar, entonces, ¿tengo autoridad para indignarme por lo miles de millones que se robaron en el sector de la salud? Descaradamente sí. Jamás pensé que ahora la corrupción sería igual o peor que el narcotráfico, la guerrilla o el paramilitarismo. Definitivamente, Colombia es inviable.

Es muy mamón la represión y la vigilancia por todas partes, pero siento mucho decir que nuestra maldita cultura nos obliga a que nos castiguen más y que nos pongan cámaras hasta en los baños. Nos tienen que curar desde pequeños, que robar nos cueste de verdad. Tengo amigos que han sido pillados con cosas robadas en supermercados y les bastó con pagar el valor de los artículos hurtados para irse tranquilos. Y no es que pida cárcel para mis amigos ni pena de muerte para el que se robe un dulce, sino buscar maneras para que entendamos que los hechos insignificantes tienen repercusiones a gran escala o a futuro: 40 millones de dulces o $30.000 mil millones de la salud de los colombianos, respectivamente.

Salvo aquella gente que roba por necesidad, porque una sociedad desigual y corrupta así lo ha originado, no es posible entender cómo hay gente que tiene lo suficiente o mucho más para sobrevivir, y aún así quieren más y más. Rateros y garosos. Es insólito cómo los colombianos son los más inteligentes en elaboración de chanchullos y los más imbéciles en administración pública. Y lo peor de todo es que generan más odios, más desilusión y hasta reproducen sus conductas: si se roban tanta plata, qué de malo tiene irse sin pagar la cuenta de un restaurante.

La Fiscal Viviane Morales dijo, en entrevista con Yamid Amat, que el panorama es alentador porque se empezó a responder ante los escándalos de corrupción y que uno de los peores pecados de los colombianos es la cobardía para denunciar a los rateros. Yo, al contrario, soy pesimista, porque si ya robaron la salud pues entonces han de estar robando los demás sectores que son menos importantes; y no sé si se llame cobardía el hecho de entregar la vida sin una causa que repercuta en hechos reales, ya que mientras la sociedad y el sistema en general sean corruptos, ser sapo no es buen negocio.

Prometo no volver a robar y que ojalá alguna vez pueda confiar que estoy en un país de gente decente, que alguna vez Colombia se robe mi pesimismo.

Escuchar rock en un país rumbero

Ser rockero en Colombia es un acto de terquedad. Acáno hay concierto de rock que no sea sufrido, no hay un buen público conocedor y al gobierno poco le interesan los jóvenes mechudos. Y ahí seguimos los rockeros, pensando que pronto vendrán los Stones, U2 o The Cure.

Nunca voy a comprender por qué siempre hay toneladas de barro a la entrada y a la salida de los conciertos de rock (así no haya llovido), por qué la policía a uno le requisa hasta el culo, por qué en seguida del show hay que caminar dos kilómetros para conseguir un taxi o por qué a veces toca llorar a causa del gas lacrimógeno que las autoridades usan para controlar los disturbios habituales que originan los desadaptados, que en este país se encuentran en todos los géneros musicales. Los conciertos de rock son dos horas de música, pero muchas horas de paridera antes y después.

De los escenarios ni se diga. El Simón Bolívar es un patio y mejor acústica tiene una cantina que los coliseos. Cuando se hacen conciertos en los municipios aledaños a Bogotá, para reducir impuestos, los potreros son más fangosos y regresar a casa a media noche es toda una odisea. ¡Ah! Y a veces las localidades son unidas, porque la gente se pasa con osadía gracias a la ineptitud de la logística, o por decisión de los organizadores, como sucedió en el concierto de Ozzy Osbourne, en donde personas que pagaron $200.000 estuvieron en el mismo lugar de las personas que pagaron $300.000. Así, AC/DC o U2 no vendrán hasta que presten el estadio o haya un lugar digno para conciertos. De aquí a que lo construyan, Bono tendrá bastón.

Diría que la mayoría de “rockeros colombianos” fueron educados por Radioacktiva, es decir, sólo saben de grandes éxitos y de bandas comerciales. Por eso, cuando vino Kiss o Aerosmith muchos fueron por moda y como por lo general son pudientes, pues entonces llevaron a toda la familia. Seguramente, hubo otros fanáticos más fieles que en el primer día de boletería no tenían los trescientos mil pesos y se quedaron por fuera. Nunca me olvidaré de aquella vez en que me tocó escuchar a R.E.M afuera del Coliseo El Campín, y ver cómo la gente que pudo comprar la boleta se salía a la hora de haber empezado el show, ni tampoco de aquellos eufóricos que pagaron casi medio millón de pesos por ver a Metallica y se pusieron a ‘poguear’ (darse en la jeta), en medio de un espectáculo tan apoteósico. Cosas que pasan.

Cuando vienen artistas no muy conocidos hay dos opciones: que se cancelen los conciertos, como sucedió con Nine Inch Nails, o que no vaya nadie y el artista se olvide de nuestro país al día siguiente, como pasó con Slipknot. Además de que en Colombia no estamos acostumbrados a ver a una banda más de una vez, como ocurrió con Dream Theater, que después de su segunda presentación no volvió, y con Iron Maiden, cuyas dos últimos conciertos no fueron nada exitosos como su primera vez en el 2008, y tampoco volverán.

Y es que las boletas son muy caras. Nuestros gobiernos, que por obvias razones son vallenateros, son otro gran impedimento para los rockeros. Los empresarios colombianos afirman que para un concierto deben pagar casi un 70% del ingreso en impuestos, a diferencia de lugares como Argentina en donde el porcentaje de retención no supera los 10 puntos. Por eso, acá un boleta cuesta el doble que en México o Brasil y el triple o hasta más que en Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, en los últimos años nos han visitado muchos artistas que ni sabían que existía este país, como Rammstein o Smashing Pumpkins. No obstante, lo hacen porque ya no venden discos y les toca sobrevivir de las giras, y no porque quieran venir. Aún así nos faltan muchos artistas por ver, como Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, Paul McCartney o The Strokes.  Pero con tantos obstáculos, seguiremos viéndolos en DVD… ¡Quién nos manda, rockeros, a no ser rumberos como todos nuestros compatriotas!

Cemente-ríos

Los bagres, las mojarras, las pirañas, las sardinas, los bocachicos, las anacondas y los caimanes de los ríos de Colombia se han alimentado de carne humana. Para mayor facilidad, la mayoría de las veces les llegan los cuerpos triturados. Y así, desde siglos atrás, nuestros ríos han sido cementerios sin lápidas donde llevar flores. Nuestros ríos son cómplices de desapariciones forzadas. El Cauca, el Atrato, el Magdalena, el Sinú, el Catatumbo y todos sus afluentes, que cerca de sus riberas ha habido más masacres que canoas, en invierno nos inundan porque en sus profundidades tienen mucho por mostrar pero que aún no han podido sacar.

Quién iba a pensar que Colombia se parece a la India: tienen fuertes inviernos y cadáveres en sus ríos. La primera es una similitud natural y la segunda sólo es una coincidencia de observación. En el río Ganges los hindúes tienen la costumbre sagrada de echar los restos incinerados de sus muertos; sin embargo, quienes no tienen el dinero para pagar un horno crematorio, no tienen más remedio que dejar los cadáveres a flote. Lo mismo se puede ver en Colombia, en donde la guerra inhumana también tiene sus rituales. Las víctimas de los conquistadores, los guerreros de la independencia, los liberales y los conservadores, las guerrillas y en especial de los paramilitares, fueron en muchas ocasiones hindúes pobres, pero que antes fueron torturados y asesinados; no murieron porque sí.

En Colombia, ser pescador (sepulturero) de agua dulce es para valientes. El anzuelo puede ensartarse en los orificios de una calavera y  el paisaje es una fosa común acuática. Ni hablar del olor. Pescar también es frustrante, si se confunde un costal lleno de restos humanos y piedras con un cofre de perlas y oro, o si en la atarraya se enredan pies y manos de otro muerto sin nombre.  De igual manera, hay que ser prudente, porque recoger cadáveres no es lo recomendable: los muertos lo pueden halar a su mismo rumbo, es mejor no identificarlos ni rescatarlos. Aunque en algunas partes ya hay letreros que prohíben sacar a los muertos del río.

¿Será que un bocachico o en una mojarra pudimos habernos comido un trozo de gente de Caucasia, La gabarra, Marsella, Trujillo, Tierralta, Fresno o Puerto Triunfo? Es posible, puesto que pescar en Colombia es como cosechar en una necrópolis.

Como en realidad son nuestros ríos, creo que este invierno no ha sido muy duro. Las imágenes nos han conmovido, pero no creo que haya llovido tanto como parece. Una temporada invernal de verdad se tiene que dar con los aguaceros dignos que necesita este país, los que saquen a relucir nuestra no diversa fauna fluvial: los huesos de miles de colombianos masacrados.

El día en que todos los habitantes de este país lloren por las víctimas de la violencia, esa violencia en la que están involucrados todos los ambiciosos, poderosos y descarnados del país, ese día habrá tantas lágrimas que Colombia se hundirá en sí misma, y por fin podrá ver en el fondo de sus ríos miles de calaveras y esquirlas humanas. La tarea de reconstruir cada esqueleto, sin equivocación alguna, será tan difícil como tratar de repararle la vida a quienes vieron morir o desaparecer forzadamente a su familia. Y tendrían que llorar más fuerte para que descubrir la verdad se convierta en un deber de nunca acabar.

Somos violentos

Me vi envuelto en aquella situación en la que la una comunidad de vecinos por sí misma actuó como defensora del orden público. Un atracador falló en su intento y en menos de un minuto estaba siendo insultado y golpeado por más de 20 personas. Algunos pocos gritaban de sus ventanas “¡no le vayan a pegar!”, pero fue mucho más la furia colectiva, ya que el ladrón le sacó cuchillo a una indefensa empleada de servicio que salía de trabajar más o menos a las 8 de la noche, en el barrio Chapinero Alto de Bogotá. No hubo un linchamiento sangriento y mortal, pero una situación así plantea cuestiones bastante polémicas.

En primer lugar, vale la pena resaltar la solidaridad de los ciudadanos. En muchas ocasiones la gente sólo se queda viendo cómo los bandidos hacen de las suyas o simplemente echan a correr para salvar su propio pellejo. Aunque aquí sale a relucir el primer dilema: ¿es mejor ayudar a los demás o salvarse a uno mismo? ¿Qué pasa si por ayudar me gano una puñalada o si por no ayudar dejé que mataran a alguien? Yo creo que si uno es cinturón negro de Karate o si está en gavilla, pues es viable enfrentarse a un atracador. Pero si la desventaja es evidente a simple vista, entonces es mejor quedarse quieto y reconocer que el robo en Colombia es una contingencia latente; es cuestión de azar que le pase o no le pase a uno o al otro.

Segundo, después de capturar al ladrón es preciso preguntarse: ¿hay que lincharlo o hay que respetarle su integridad? La agresividad y la rabia son naturales, son impulsos difíciles de controlar cuando se combinan. Seguramente, la persona directamente afectada es la más iracunda con el malhechor, y por eso es inevitable que se desquite violentamente contra este o que por lo menos quiera hacerlo. Pero las personas que no se vieron afectadas directamente pueden estar más serenas y velar por el respeto a la vida del malandro. En este caso preciso, yo opté por no incitar el maltrato y decirle al indefenso atracador que no ponga más resistencia porque si no le iba peor, como cuando un taxista se bajó de su carro para pegarle un puntapié en los testículos que lo dejó sin habla. En fin, creo que es imposible calmar los ánimos de una multitud con sed de venganza y justicia civil; calmarlos incluso puede llevar a más conflictos, por lo que lo mínimo que uno puede pedir es que no termine un muerto en medio de la calle del vecindario.

Y tercero, luego de entregar el golpeado ladrón a las autoridades, que siempre llegan tardísimo, viene la denuncia como un deber de todos los ciudadanos. Después de haber una multitud, este proceso se reduce a la presencia de la víctima y el asaltante. Gran lío para la mujer que será plenamente identificada por un delincuente que, después de cumplir el castigo, buscará venganza. Aunque es difícil que esto suceda tal cual, es una consecuencia de la respuesta violenta que tuvo la comunidad y que fácilmente puede reproducirse en el agredido. Incluso mis amigos trataron de intimidarme con una futura retaliación del atracador, ya que este me observó varias veces mientras yo trataba de ‘aconsejarlo’ y sutilmente pedía que la gente no se exceda en los golpes. Quién sabe si por ser pacifista, luego termine sin billetera y apuñalado.

Pero de fondo, las preguntas y los linchamientos son repercusión de nuestros problemas estructurales y culturales. Por más que uno sea dueño de su voluntad hasta el último momento, yo toco madera porque nunca me he visto en una situación de total desesperación: desempleado, con una esposa y un niño, sin amigos ni familia, sin nada qué comer ni donde dormir. Y si la violencia y la sangre no fueran los gérmenes de esta nación, de seguro no hubiese escuchado decir a una niña de menos de 10 años: “córtalo en pedacitos, papi” (el papi tenía un machete).

Columna en video:

No quiero ser corrupto

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