La realidad

por La hora del escarnio


 

Me arrepiento de haber hecho lo que hice. Actúe como una turista, como una villana. En ningún momento pesé en las iban a ser las consecuencias que esto podría traer. Sí como muchos lo hacen nadé con delfines hace menos de un mes. Me pareció una experiencia única. Me sentía orgullosa de haberme metido al agua y estar de frente  a frente con este animal que en vivo y en directo no es tan pequeño como se ve e televisión. Debo confesar que fui feliz en el momento. Me deje llevar por el ambiente que había en el sitio. El público estaba alborotado, La instructora, mi familia y todos los que me rodeaban me hacían barra y m impulsaban a seguir allí adentro.

El delfín era el juguete y yo la niña inconsciente que me aprovechaba de el para obtener un beneficio propio. Todos aplaudían, gritaban. Gente inclusive que no conocía me decía: acérquesele más, sin miedo, abrácelo, dele un beso, consiéntalo. Y debo confesar que  tanta gente impulsándome hacia más fácil que yo me acercara a este animal. Pero al hacerlo el encuentro no fue tan natural.

Cada vez que el delfín venía hacia mi, lo hacía porque yo tenía en la mano un pequeño pescado que iba a ser su trofeo por darme un beso. Venía y veía una mirada perdida en su carita “sonriente”.  Lo debo confesar, me sentí como una hueva. Me sentí chantajeándolo para que este se acerca a mi. Cada movimiento se lo sabía de memoria. Se notaba que lo tenían bien entrenado. Miré hacia el fondo y noté como el espacio era pequeño y cerrado, como solo podía nadar unos metros y capté que era un animal encerrado, privado totalmente de su libertad. Un títere dispuesto a hacer lo que sea ante las órdenes de su amo.

Después miré al otro lado y pude observar la fila tan larga de niños, mujeres y hombres que esperaban con ansías poder entrar al agua con este animal. De un momento a otro sentí lástima por el delfín. Este estaba solo, no tenía ni siquiera alguien de su misma especie al lado.  Me imaginé que tendría que volver a repetir todo el proceso con cada individuo y que si lo hacía mal seguramente iba a obtener un regaño o peor aún un castigo.

Todavía no entiendo porque lo hice. Porque acepté invadir el espacio de otro. Me imaginé que yo era el delfín. Que tendría que trabajar por un largo rato entreteniendo a alguien, pero no por placer sino por obligación o peor aún por comida. Que canalla soy pensé. El tiempo de estar en el agua se agotó. Salí y todos me decían; Que bien lo hiciste, bravo, el delfín estaba muy contento contigo, se dejó acariciar. Sí claro pensé, como si no lo hiciera con todos los que estuvieron antes de mi y no lo fuera a hacer con los siguientes.

No vuelvo a hacer esto nunca más. Jamás nadaré con delfines otra vez. No volveré a invadir su espacio, a obligarlos a darme un beso. Estaba apoyando una cultura en la cual un animal se aprovecha de otro, donde el uno no piensa en el otro y donde las condiciones en las cuales habita son pobres comparadas con el inmenso océano.  Que mal estuvo haberlo hecho.

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