El profesor Darío

por La hora del escarnio


Por Juan Sebastián Toro Vélez

Antes de tener la primera clase de Teología y Sociedad, le pregunté a varios compañeros qué tal era el profesor Darío Martínez. Ninguno me dio las mejores referencias. Coincidieron en que es un escuelero, malhumorado, desconfiado, que trata de tontos a muchos estudiantes, que pronuncia muy mal en inglés y alemán y que su voz varía entre dos timbres.

En nada se equivocaron. Darío, en su forma de enseñar, parece a ratos un profesor de colegio: presiona a los estudiantes para que no falten y hagan las lecturas haciendo quiz todas las clases; Al que llegue así sea un minuto tarde le queda muy difícil entrar; todos los miércoles, el único día que tengo esa clase, llama uno por uno a cada estudiante para entregarle su control de lectura de la clase anterior, nos muestra las notas hasta el momento y dice qué tal vamos.

Abre sus ojos azules saltones y le grita a quien no se separe lo suficiente del compañero de al lado en los controles de lectura. Cuando ve gente hablando en pleno examen, responde con un sarcasmo aterrador y amenaza con anular. En los parciales, va de puesto en puesto para asegurarse de que nadie esté haciendo copia. En la primera clase les dijo a un par de niñas que se notaba que ellas estudiaban Comunicación, sin que hubieran dicho la primera palabra.      

Y es arrogante a morir. No se cansa de decir que salió del San Bartolomé de la Merced, el mismo colegio donde estudió Misael Pastrana, como lo mencionó una vez. Dijo en otra ocasión, que se había sentido orgulloso de otro egresado de su colegio, el Ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo, cuando este dijo unos días antes de aprobar el TLC con Estados Unidos, que ese tratado no era tan beneficioso como parecía.

Pero se arrepintió de su orgullo cuando el ministro también se retractó en la W de lo que dijo anteriormente.  ¿Y por qué? porque para el profesor Darío, el TLC no ayudará a los microempresarios colombianos a progresar y no disminuye en lo absoluto un problema que él considera de vital importancia: la pobreza.

Ya debe tener ampollas en la lengua de repetirnos todas las clases sobre lo importante que es ayudar a los pobres para que estos se vuelvan autosuficientes; de decirnos que nuestra indiferencia también es una forma de violencia; que nuestro modo de vivir está acabando con la naturaleza; que es muy difícil cambiar las cosas cuando las leyes y las pautas del mercado demandan que unos pocos hombres controlen al resto y que la especie humana gobierne sobre todos los demás seres vivos.

Para complementar estas ideas nos asigna lecturas en su mayoría de la ética según Peter Singer, donde se critica duramente el individualismo, la indiferencia, la obsesión por el estatus social, la competencia y la manera tan antidemocrática como se está llevando a cabo la globalización.

 Pero el profesor Darío nunca deja una objeción aislada. Siempre propone una solución. En su más reciente clase, dijo al final: “Lo último que quiero es que ustedes se vuelvan cristianos, yo quiero que ustedes se vuelvan revolucionarios, sin que se asusten con la palabra, pues se trata de generar un cambio tanto en las instituciones como en la mentalidad.”

Y quizás el próximo semestre no deje de ser el profesor arrogante, desconfiado y malhumorado que utiliza métodos escueleros para que a los estudiantes se les quede grabada una idea en la cabeza: que otro mundo es posible.

 

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