Trabajo final

por La hora del escarnio


Por Juan Sebastián Toro Vélez

Columnista nacional: Antonio Caballero (Semana)

La última vez que entré a Wikipedia para ver la biografía de Antonio Caballero, no había tantos datos como ahora. Es periodista y escritor, nació en Bogotá en 1945. Hijo del ‘reconocido escritor’ Eduardo Caballero Calderón e Isabel Holguín. Además es sobrino de Lucas Caballero Calderón (Klim) y tiene un hermano que es pintor. Su abuelo era militar y también tiene ancestros políticos, por el lado de su mamá. En pocas palabras, Caballero tiene varios familiares que han sido figuras públicas y de mucha plata.

De acuerdo con una entrevista que le hizo Harold Alvarado Tenorio para la revista Alquitrave, su infancia la pasó viviendo unos años aquí y otros en España. Al final, se graduó del Gimnasio Moderno en Bogotá. Dice que luego entró a estudiar Derecho en el Rosario como por estudiar alguna carrera, pues ninguna le convencía pero le interesaba el tipo de lectura que hacen los abogados. Cuando iba en segundo año, a su papá lo nombraron embajador ante la UNESCO y se fueron a vivir a París. Ahí volvió a entrar a Derecho pero se salió al tercer año y entró a estudiar Ciencias Políticas, pero nunca terminó.

Como universitario en Francia, vivió todo el auge de mayo del 68, lo cual le sirvió de inspiración para escribir y hacer sus dibujos, que vendía en cafés y plazas. Cuenta que un tiempo se fue a vivir con una novia a un pueblito griego, y vivían de un solo dibujo que él vendía a la semana. También vivió en Roma y en Londres.

Es conocido por haber sido indispensable en la redacción de la revista Alternativa, una publicación de los años de los 70 que pretendía unir a la izquierda colombiana y criticar al establecimiento. Actualmente es columnista y caricaturista de la revista semana, donde escribe desde la segunda mitad de la década de los 80, cuando también escribía para Cambio 16 y El Espectador. En cuanto a la ficción, es conocido por su novela Sin Remedio, que duró escribiendo 12 años. Con su libro No es por aguar la fiesta, un compilado de sus mejores notas políticas, ganó un Premio Planeta en 1999. También se dedica a hacer crónicas sobre corridas de toros.

Caballero es bastante crítico en sus columnas, en especial con el orden que impera. Derrumba los argumentos de políticos, guerrilleros, paramilitares, empresarios, líderes religiosos, narcotraficantes y periodistas con mucha ironía y sarcasmo, con palabras propias de un intelectual clase alta y siempre se mantiene escéptico frente a lo que estos dicen. Rara vez les cree.

Toca temas tanto nacionales como internacionales y es muy común que haga toda una columna y toda una reflexión a partir de la declaración de algún personaje del establecimiento. He leído columnas suyas de cuando Betancurt, Barco, Samper y Pastrana fueron presidentes en su compilado Quince años de mal agüero  y con todos ha sido bastante crítico, sobre en la manera en que llevan sus relaciones con Estados Unidos. Se opuso siempre a Uribe y de Santos, aunque le destaca que se haya atrevido a tocar el tema de la legalización, dice que propone mucho pero no ha hecho nada.

Ese estilo escéptico, crítico, cargado de ironía es lo que le da forma a sus columnas. Cuando trata el problema del narcotráfico, lo lleva sus raíces, sosteniendo la tesis de que todo eso sucede por presión de Estados Unidos. Cuando dedica columnas a hablar de una persona como tal, se sale de lo que comúnmente se dice. Del Che Guevara dice que fracasó en tantas disciplinas que no le quedó más que las armas. Respecto a Jaime Bateman, dice que sus mejores hazañas siempre salían de errores. De Mockus ha dicho que es un inepto, un payaso, que no se sabe lo que quiere. A Álvaro Gómez lo calificó de político nefasto y de Fidel Castro, dice que es un derechista, pero que lo admira porque es el líder latinoamericano que más presidentes de Estados Unidos se ha aguantado.

A juzgar por sus columnas, Caballero se haya más del lado de la izquierda que de la derecha. Incluso en la última columna que hizo antes de las elecciones para la alcaldía, instó a votar por Aurelio, y en las presidenciales de 2010 decía que le único que realmente proponía un cambio era Gustavo Petro. Sin embargo, él mismo dice que en Colombia lo único que hay es derecha, incluso en los que se dicen llamar de izquierda. Así lo sustentó en el artículo “Por qué Colombia necesita una izquierda”, publicado en Semana en el año 2000.

Dice que en Colombia todos somos de derecha porque a todos nos gustan ese tipo de prácticas. Nos gusta la trampa, la violencia, nos creemos más que otros países cuando decimos que tenemos el mejor español, somos individualistas, sumamente competitivos, estamos orgullosos de la ‘malicia indígena’, y nos encanta ser esclavos de otros y además tener esclavos. Afirma que incluso él mismo es de derecha por escribir en Semana, pues dice que no tiene donde más escribir porque en Colombia no hay publicaciones de izquierda. Que ni siquiera Voz o la revista de las FARC.

Vale la pena el siguiente fragmento del artículo del que hablo.

Y, en cambio, despreciamos las virtudes de la izquierda, que son las de la civilización: las de la superación del estado de naturaleza. Las virtudes de la izquierda son las que propuso —y sólo a medias logró imponer— la revolución francesa de 1789, y en su espíritu habían sido anunciadas por la inglesa y por la norteamericana: la libertad, la igualdad, y la fraternidad. Los colombianos odiamos la libertad: queremos ser esclavos de quien sea, y además tener esclavos; y, por favor, que no se nos exija pensar por nuestra cuenta. Odiamos la igualdad: a ver si es que éste se va a creer igual a mí (digamos: a ver si Plinio Apuleyo Mendoza piensa que yo, o a ver si Antonio Caballero piensa que él…: ¡por ningún motivo!) Y odiamos sobre todo la fraternidad: nos da asco.”  (1)

Tiene ideas sobre lo que en realidad debería ser una izquierda, en el sentido más puro y radical, oponiéndose a todas esas lógicas con que opera el orden mundial. Sin embargo, es fiel seguidor de las corridas de toros. En la entrevista en Alquitrave, dice que eso se trata de un sacrificio, de algo ritual y que por ser cruel no deja de ser un arte. Cuando el entrevistador le pregunta que si el toreo no es un límite entre la civilización y la barbarie, Caballero responde:

El único sacrificio cruento que queda hoy en el mundo, reconocido como sacrificio, y no disfrazado con algún otro interés, como la pena de muerte o la guerra, son los toros. La barbarie no es un estadio del cual se salga o supere con la civilización, sino que coexiste con ella. La barbarie y el salvajismo y todos los estadios que definen los antropólogos como sucesivos son en realidad simultáneos.” (2)  

Algo que vale la pena destacar de esa entrevista es que aunque el se mantenga muy crítico frente a la situación de Colombia, frente a la actitud de las masas como la de las élites, cree en que este país tiene salvación, pues dice que hay “mucha vitalidad”.

En persona (lo que he visto de él en entrevistas) es muy seco, lento para hablar y parece que se le vinieran tantas cosas a la vez a la mente que termina diciendo pocas palabras. Pero las palabras se las lleva el viento y lo que realmente vale la pena destacar de Caballero es su escritura, la forma en que presenta sus ideas y se burla sutilmente de quienes se creen los dueños de la verdad.

Aunque si cree en un mundo fraterno, libre e igualitario, debería pensar en que eso también se puede compartir con más seres vivos que solo humanos.

Columnista extranjero: Juan José Millás (El País) 

Me enteré de la existencia de Juan José Millás este semestre por recomendación del profesor de Periodismo y literatura. Es un periodista y escritor nacido en Valencia, España el 31 de enero de 1946, según Wikipedia. Escribe columnas los domingos para el periódico español El País y ha sido ganador de numerosos premios de periodismo como el Mariano de Cavia (1999), Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes (2002), Premio Planeta (2007) y el Premio Nacional de Narrativa (2008), entre otros.

Ha vivido la mayor parte de su vida en Madrid y en cuanto a estudios, alcanzó a cursar tres años de Filosofía y Letras. Ha sido nombrado doctor Honoris Causa por las Universidades de Turín y de Oviedo, en 2006 y 2007, respectivamente. Comenzó su carrera como escritor publicando novelas, con las que ha ganado premios y sigue teniendo éxito. Mientras seguía metido en la literatura, empezó a escribir en la prensa escrita, donde posteriormente debutaría con un género del cual es pionero y tiene mucho que ver tanto con periodismo como con literatura: el articuento.

Se trata de tomar lo banal del entorno o cosas tan elementales como las simples palabras y relacionarlos con todo un contexto social de una forma crítica. Es también contar historias de la cotidianidad y asociarlas con aspectos políticos que suceden de la misma forma en muchas sociedades. La mayoría de sus articuentos vienen acompañados de fotografías, a veces de noticias recientes que Millás las articula sustancialmente al cosmos, extrayendo varios significados de una sola imagen. Otras son retratos, de los que hace varias indagaciones a partir de las características físicas, de los gestos faciales y la posición del cuerpo, y de la ropa.

Gran parte de las conjeturas de Millás rompen con el periodismo tradicional, aquel que se centra en la comprobación científica y cuyas indagaciones no van más allá de lo que se puede probar con imágenes y documentos. Pero la carga subjetiva de sus articuentos es bastante, por lo cual es más una forma de opinar y narrar que de simple diagnóstico. Tampoco usa muchas palabras, pues sus columnas a veces ni pasan de 200. Afirma que se siente más estimulado por los aspectos emocionales de un hecho que por las estadísticas, como se puede ver en el siguiente articuento, “Adios a la vida”, sobre un hombre que está a punto de quitarse la vida con autorización legal, pues no quiere padecer los dolorosos síntomas de su enfermedad (un quiste radicular):

“Por fortuna, él ha comenzado a hablar ya de la eutanasia, de su necesidad de dejar testimonio para ayudar a que se genere un debate público sobre la cuestión. En este tema, como en todos, se manifiesta de manera muy cerebral, incluyendo datos económicos y estadísticas sobre el suicidio que no me interesan demasiado. Me afectan más los aspectos emocionales, el hecho de que uno tenga que morir, cuando así lo ha decidido, de forma clandestina, en habitaciones de hoteles, en vez de hacerlo en la propia cama, o en la de un hospital, adecuadamente atendido por profesionales y rodeado de los suyos.”  (1)

Este articuento también es un ejemplo del hecho de narrar una historia no necesariamente real, en este caso de un hombre que ha viajado hasta Madrid para quitarse la vida, para dar su posición sobre todo el problema de la eutanasia más desde la humanidad que desde las cifras globales.

En su articuento “Ironías”, se vale del auge del prefijo ‘pre’, para hablar del cambio cultural que esto implica. Dice que ahora hay más prejuicios que juicios, más premeditaciones que meditaciones y más presentimientos que sentimientos. Comienza el texto diciendo que entre parado y preparado hay más que un prefijo y luego habla de lo que era preparado antes y es ahora:

 

Estar preparado, que en otro tiempo quiso decir haber estudiado dos carreras y cuatro idiomas, significa hoy encontrarse en la situación previa al desempleo, en el umbral del paro, en la frontera de la desesperación laboral.”   (2)

 

El siguiente articuento, “La burbuja como útero”,  es un ejemplo de la forma en que Millás trabaja con las fotografías:

Esta es una fotografía de Alfredo Cáliz usada para un reportaje de El País, sobre cómo el ‘boom’ español dejó tantas construcciones sin terminar, como esta urbanización en Río Miño, La Coruña (España). Millás la usó en “la burbuja como útero” para hablar de lo nonato (no nacido):

Si se fijan, tiene todo lo que uno podía esperar de una urbanización nata: su porche, su jardín posterior, su muro de separación del jardín colindante, su chimenea, su cielo azul, sus nubes pintadas, su paisaje al fondo. Pero se quedó tiesa en estado feto y ahí está, en fin, nonata y medio podre, en el útero de la burbuja inmobiliaria donde fue concebida. Entre lo nonato, conviene distinguir lo concebido de lo no concebido. Lo no concebido da lo mismo, pues no ocupa lugar. Lo concebido, en cambio, empieza a ser un agobio.”  (3)

Los elementos ligeros y los aspectos que van más allá de lo científicamente comprobable son las excusas que utiliza Millás en sus columnas para plantear su opinión y hacer sus frecuentes críticas sociales.

Tiene una posición crítica frente al orden mundial al igual que el periódico para el que escribe, pero sus articuentos son mucho más cortos y literarios que el resto de los textos que se publican en El País, que por lo general tienen mucho más análisis a partir de cifras y coyuntura.

En la habilidad de Millás para construir todo un relato y una contextualización a partir de un hecho o un objeto minúsculo se refleja cómo se puede hacer un uso cada vez más sensible del ‘tercer ojo’ de los periodistas, y cómo se puede hablar de la realidad como algo tan placentero como la ficción.

(1) http://www.elpais.com/articulo/portada/Adios/vida/elpepusoceps/20111127elpepspor_36/Tes

(2)

http://www.elpais.com/articulo/ultima/Ironias/elpepiult/20111111elpepiult_2/Tes

(3)

http://www.elpais.com/articulo/portada/burbuja/utero/elpepusoceps/20111120elpepspor_3/Tes

Columnas reencauchadas

Movilidad que no camina, pero contamina

No es uno, ni diez ni veinte, sino miles de carros que todos los días se turnan para llenar a Bogotá de gases que al llegar a los bronquios y los pulmones de los peatones, pueden producir enfermedades como bronquitis o alveolitis. Tienen música por dentro, pero hacia afuera emiten un ruido que perjudica la salud y la tranquilidad: los pitos, son la principal señal de protesta de los conductores indignados por el exceso de sus semejantes en las vías.

Frente a tal situación, algunos gobernantes han probado con medidas tan inútiles como Pico y Placa,  que como todo en Colombia, es una pomada para aliviar el dolor pero ayuda muy poco a cerrar la herida. Los trancones siguen, y así es difícil que la contaminación se acabe. También es común que propongan construir más estaciones de Transmilenio para incrementar el alcance de este medio de transporte, pero siguen utilizando el mismo combustible generador de PM10 (partículas materiales de polvo, cenizas u hollín, cuyo diámetro es menor que 10 micras), las cuales viajan por el aire y se meten en las vías respiratorias de cualquiera que haya salido a caminar en busca de un poco de “aire puro”. Pobres ilusos.

No solo ilusos, también son unos desconsiderados, pues en la Media Maratón más reciente, a principios de este semestre, pasaron de deportistas a ser los culpables de los trancones y del desespero de los conductores. Las quejas de estos indignados fueron publicadas en la página web de El Tiempo y en Caracol Televisión entrevistaron a usuarios de Transmilenio que se quejaban de la mala organización del Distrito para este tipo de eventos.

No se trata de defender al Distrito, pues al fin y al cabo ellos hacen parte de los moldeadores de una sociedad que enseña que un carro es sinónimo de éxito y desarrollo, sino que incluso los domingos, cuando se supone que la mayoría de la gente que tiene carro no tiene que trabajar, se siguen quejando porque no pueden andar tranquilamente en sus máquinas.

Ni con una maratón que se realiza cada año ni con la Ciclovía de los domingos vamos a frenar la contaminación del aire. Para que la ciudad respire al menos un día, no basta con que solo unos pocos estén dispuestos a desenchufar su pie del acelerador. De lunes a sábado Bogotá recibe tanto humo que no se alcanza a recuperar el domingo para empezar una nueva semana. Se trata de una enfermedad crónica que los políticos se niegan a reconocer, pues no es raro que se refieran con sensibilidad de muñeco de plástico al tema del Medio Ambiente y que hablen de agua y aire limpio para ganarse el apoyo de las masas.

Lo curioso es que al mismo tiempo, consideran necesario construir más vías, más estaciones de Transmilenio y sobre todo, talar más árboles porque el desarrollo llama: hoteles, casinos, apartamentos, centros comerciales.

Se aboga por una Bogotá más humana pero cada día menos gente sale a la calle. Nos estamos acercando a vivir en el encierro perpetuo. Transportándonos de un lugar a otro pero sin usar nuestros pies y siempre con un bloqueador solar sobre nuestras cabezas. El aire cada día está más sucio: ojalá nunca nos digan que no salgamos de nuestras casas y que cerremos todas las ventanas, como sucede en Ciudad de México durante los llamados “días de contingencia ambiental”.

En Bogotá hay crisis de movilidad: odiamos salir a caminar.

El bollo de lo público

Del mismo modo que sucede con la alimentación, la salud, la educación y la vivienda, el orden mundial convirtió la necesidad de cagar y orinar en otra industria. Hay que pagar por un servicio de alcantarillado y por un inodoro cuyo precio varía de acuerdo a la calidad. ¡Pero qué importa! Si uno no da plata para eso todos los días, por eso uno siente que está usando el baño de su casa completamente gratis.

Sucede que en la calle no es igual. De acuerdo con El Espectador, hay 21 baños públicos en toda la ciudad, ocho de ellos ubicados dentro de estaciones de Transmilenio y en todos cobran 500 pesos. O sea que uno paga 2200 si le dan ganas de cagar pero va a montar en ejecutivo y el baño más cercano queda en una estación.

El Distrito justifica el cobro diciendo que de ahí se saca para el salario de quienes lo limpian. ¿Qué tal si a cada congresista, cada juez, cada ministro o cualquier funcionario público le diéramos un carro 500 pesos más barato que el que tiene en lugar de cobrarnos por una necesidad fisiológica? ¿O quizás más barato y en lugar de poner a unas madres cabeza de familia a limpiar mierda les damos a todos la oportunidad de tener un trabajo digno y cuyo salario cubra sus necesidades básicas? Ah, verdad, entonces no habría quien limpiara los baños.

Volvamos a la cifra para reflexionar. Si siente que su vejiga se va a explotar o que la cagada no lo deja ni pensar y está muy lejos de su casa, más vale que se encuentre en uno de los 21 lugares privilegiados. Como Bogotá es una provincia pequeña nunca tendrá problema, pero en el dado caso, usted tendrá 3 opciones:

– Aguántese y arriésguese a una ruptura de su vejiga y que todo su cuerpo se llene de orina o a una obstrucción intestinal que colme su cadera de mierda. Ambos ocurren solo en casos extremos. Lo más común es que comience a sudar de la desesperación, y eso tampoco le place a nadie.

– Asegúrese de que ningún policía lo esté viendo. Así podrá quemar las plantas con tranquilidad o dejar toda una calle oliendo a ‘chichí’ por una pared.

– Diríjase al restaurante más cercano. Es obvio que le van a poner problema por echar al agua cosas que no compró ahí. Así que, aunque esté a punto de explotar, cómprese al menos un jugo y una empanada y… ay de usted.

Claramente, si  usted no tiene plata, no puede escoger la tercera. Porque hasta las necesidades fisiológicas están condicionadas por la propiedad privada. Nadie está obligado a prestarle el baño a nadie. Nadie está obligado a ser solidario, de hecho eso es lo que demanda el orden mundial: cada quien con su bollo.

Sería muy útil que las alcaldías de todas las ciudades tengan en cuenta la idea de instalar varios baños públicos y no cobrar por su uso. Para el caso de Bogotá podrían coger los inodoros de las instalaciones de la Plaza Bolívar y distribuirlos por toda la ciudad. Al fin y al cabo en esos lugares solo necesitan baños con lavamanos y que cada uno lleve su cepillo de dientes.

Columnas nuevas 

La palabra de Pedro

Javier llevaba un poco menos de dos semanas tocando guitarra y cantando para ganar plata en el túnel de la calle 41 con séptima (propiedad de la Javeriana), cuando el vigilante Pedro Antonio Clavijo le prohibió volver. Dos días antes, le había pedido al músico que volviera más tarde porque eran las ocho de la mañana, y lo habían llamado – quién sabe quién – a decirle que estaba muy temprano para tocar. La gente que iba pasando vio lo que sucedía y comenzaron a decirle al vigilante que lo dejara trabajar. Finalmente, Javier, respaldado por quienes ponen dinero en el estuche de su guitarra, no le hizo caso a Pedro.

Para el segundo encuentro, donde Javier se vio forzado a irse, eran más o menos las dos de la tarde. Pedro le dijo que se tenía que quitar porque había auditoría. Yo dudo que el sonido de una guitarra acústica y una voz sin micrófono en el túnel pueda llegar hasta las oficinas de los más altos funcionarios de la universidad. Si es porque les obstruyen el paso, los músicos siempre se hacen retirados del pasillo; además, no creo que alguno de esos que va para la auditoría tenga que pasar por ahí. Pero esa fue la orden que le dieron, según dice.

Javier se negó a quitarse y cuenta Pedro que hasta se puso de alzado, entonces no tuvo más remedio que llamar a la Policía. Como se trataba de un caso sumamente grave y peligroso para la sociedad, no llegaron pequeños y tiernos auxiliares sino dos tombos, gorditos y con chaquetas psicodélicas. Bastó con que le dijeran a Javier que se fuera y que no se buscara problemas. Esta vez nadie protestó, porque quién se quiere ganar un ‘upejotazo’ por irrespeto a la autoridad.

El día que más plata ganó tocando en la Javeriana (como dije al principio, el túnel no es público), fueron casi cien mil en cuatro horas, y el día que menos se hizo, fueron treinta mil, tocando hora y media. A varios se les notaba que más que por solidaridad también les agradaba lo que Javier interpretaba. Sin embargo, Pedro dice que no lo va a volver a dejar tocar ahí.

No se sabe si fue una decisión arbitraria del vigilante o si solo estaba siguiendo órdenes. Eso se puede probar tanto como todo esto que estoy contando. Pero para infortunio de Javier, los demás músicos pueden seguir tocando en el túnel, porque ellos sí le hacen caso a Pedro.

Legalización y desdemonización

http://vacamul.podomatic.com/entry/2011-12-02T13_02_47-08_00

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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