Todo niño mayor de dos años paga y ocupa puesto

por La hora del escarnio


El placer que da desplazarse por Bogotá ya no es el mismo que el antes, pero no solo por la cantidad de trancones y de huecos o las intensas lluvias que nos azotan día tras día, sino también porque coger un bus ya no es lo mismo que antes.
Hace 10 años más o menos un pasaje de bus costaba 900 pesos diurno y 950 pesos nocturno. El bus paraba a la señal de la mano levantada en cualquier andén de la ciudad sin miedo a que le pusieran un parte. Al pagar el pasaje uno procedía a sentarse en cómodas sillas de tela y cojín de espuma, con una especie de calzón en la cabecera de cada silla, que indicaba que no se podía fumar dentro del vehículo, dichas sillas eran una incubadora de pugas y ácaros.
Ahora, sentado solo quedaba oír la emisora del busetero, normalmente con vallenato a todo volumen y contemplar el “altar de bus”, rincón elegido por él para poner sus bienes más preciados.
El altar de bus, era un mueble ubicado en la totalidad de la cabina del conductor esta incluía: tapicería de peluche color rosa, rojo, amarillo o verde; cantidad de espejos redondos, claramente para que el conductor pudiera ver si tenía alguna imperfección. El altar incluía dentro de los adornos obligatorios una foto de sus hijos, el nombre de la buseta, unos dados de peluche pegados del espejo retrovisor que media normalmente de 30 a 50 centímetros de largo y una especie de perro con ojos verdes saltones y de pelo largo que cubría la palanca de cambios; por último muchas veces el borde del altar de bus estaba adornado por una manguera de neón del color más llamativo que hubiera en la ferretería, esta se encendía cada vez que se oprimía el freno.
Aparte del altar de bus, los conductores de la buseta, bus o colectivo decoraban sus vehículos con frases como “Jesús es mi piloto”, “Todo niño mayor de dos años paga pasaje y ocupa puesto”, “El hijo del conductor no paga pasaje”, “Si tiene afán coja taxi” entre otros. También ponían imágenes de la virgen del Carmen, del Sagrado Corazón de Jesús o algunos versículos de la biblia, la mayoría de las veces estas imágenes estaban ubicadas en un vidrio detrás de la silla del conductor.
Y por último pero no menos importante, los conductores le ponían nombre a su buseta, como por ejemplo: “La Verdolaga” o “La Esquiva”. Cosa que era fabulosa, porque el busetero se apropiaba de su implemento de trabajo, lo cuidaba, lo mimaba, era como si fuera un hijo o hija para él.
Ahora las busetas son aburridas, insípidas, con asientos duros de plástico, con vidrio de seguridad entre el conductor y los pasajeros. Lo que ha convertido cada vez más hostil el transporte y mas impersonal.
Sería magnífico rescatar cosas de los buses de antes como el altar, algo que diferenciaría nuestros buses de los de cualquier otra parte del mundo, ponerle el sabor colombiano al bus y crear un sentido de identidad por medio de los buses.
Felipe Vargas Mejía 9 de febrero

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