¡Protesto!

por La hora del escarnio


Llegué a Bogotá el 10 de enero de 2011. El viernes 14 de enero me robaron la billetera en el bus. El domingo 16 me robaron el celular en Usaquén y menos de un mes mas tarde intentaron robarme otro celular.

Desconsolada por mi mala suerte se lo conté a una prima colombiana. Sonia se rió y me dijo “bienvenida a Bogotá, si llevas tres te faltan dos”. En efecto, durante los siguientes 5 meses me robaron dos veces más.

Hoy leo en El Espectador que el delito más común en Bogotá es el hurto de celulares. No me sorprendo. Lo he vivido en carne propia. Yo, que salí huyendo de Venezuela porque me parecía insoportable vivir en constante paranoia, he venido a Colombia a que me roben lo que no me robaron en una vida en Caracas.

Las veces que he contado esta racha de mala suerte la gente suele decirme cosas como “es que bajaste la guardia” o, usando esa expresión tan colombiana, me explican que “no hay que dar papaya”. Confieso que las 5 veces que me han robado he sentido mucha rabia. Rabia por lo que perdí, rabia por no poder hacer nada y rabia por que me hayan visto la cara de turista idiota. Pero mucha mas rabia me da que a la gente le parezca normal y, además, que me echen la culpa.

Después de los dos primeros robos mis papás estaban furiosos (al tercero ni chistaron, ¿qué más podían decir?) y, como todo el mundo, me dijeron que era una despistada, que dónde tenía la cabeza. Sí, soy despistada y sí, la mayor parte del tiempo tengo la cabeza dando vueltas en la atmósfera de otro mundo, pero no por eso me robaron. Y, en el caso de que me hayan robado por eso, no me parece justo. ¡Protesto! ¿Dónde queda mi derecho a vivir en las nubes?, ¿dónde queda el derecho de todos de usar el transporte público con tranquilidad, sin tener que apretar el bolso contra el pecho como si en ello se nos fuera la vida?.

Protesto por el conformismo de la gente que asume que el problema es estar despistado. ¿Eso significa, también, que asumen que robar es natural?. Si yo me metiera, llena de sangre, a un tanque de tiburones blancos tendría que aceptar la culpa si me arrancaran las extremidades, ¿qué más se puede esperar de los pobres tiburones ante semejante tentación?. Lo que no es normal es asumir la relación causa-consecuencia entre sacar el celular en el bus y que lo roben a uno.

Ahora, esta no es una discusión sobre la naturaleza del hombre, no se trata de si tenemos la bondad o la maldad tejida en los genes. Tampoco pretendo resolver el problema de la inseguridad, solo pretendo protestar y, para quejarme con más base, dejar establecido que no todas las ciudades del mundo son así.

Mi prima, no Sonia sino Marelisa, pasó su luna de miel en Asia. Estuvo por aquellos lares durante casi un mes y, de todo lo que vio, lo primero que me comentó al volver fue que los asiáticos andaban tan tranquilos en el metro y en el bus con sus celulares, sus iPods, sus cámaras, sus iPads, sus portátiles. Al principio, Marelisa y su esposo no se atrevían a sacar sus aparatos tecnológicos en público pero, poco a poco, fueron perdiendo ese miedo que llevaban como programado por dentro y se atrevieron ¡tan arriesgados! a mandar mensajitos y cambiar de canción sin esconderse. Fue una liberación. Respiraron más tranquilos, caminaron con más soltura, sonrieron más ampliamente.

Protesto por no poder respirar más tranquila, caminar con más soltura y sonreír más ampliamente en la ciudad que he escogido para vivir.

 

Daniella Mendoza.

Anuncios