A PROPÓSITO DE LOS PROFESORES INCONFORMES

por La hora del escarnio


La verdad es que hace dos meses, cuando el profesor Camilo Jiménez escribió sobre por qué dejaba la cátedra de “Evaluación de Textos de No Ficción, de la Universidad Javeriana;  no me interesó en responder o cuestionar  sus afirmaciones, aun siendo una de aquellas alumnas que estuvo en su clase y de las que él tanto criticó.

Sin embargo, muchas de esas aserciones siguen rondando en mi cabeza y más cuando otros profesores, que también me dictaron clase, las apoyan. Ese es el caso de Antonio García o “El Erizo” quien afirmó, en su última publicación de la revista Soho, que se suma a la reflexión de Camilo Jiménez. A continuación una parte de su escrito  “… en un curso de 25 alumnos tengás uno de primera categoría, cuatro que son buenos, ocho que hacen el deber y tienen sus logros,  once que están ahí como parte del decorado y uno que quisieras matar con tus propias manos.”

Desde que volví a leer estas dos columnas, no he dejado de pensar en qué hice mal. Si soy uno de aquellos once estudiantes que no dieron la talla o el alumno que quiso matar con sus propias manos. Yo acepto que en ninguna de las dos clases fui la mejor estudiante, pero tampoco la peor. Y si así hubiera sido, para eso voy a la universidad: a aprender.

Muchos aseguran que son los estudiantes, otros que son los profesores. Por el contrario, creo que gran culpa la tiene las instituciones educativas por no saber escoger a verdaderos maestros, aquellos que tienen vocación. Con esto no quiero insultar a nadie, ni poner en duda su reputación en el oficio. Empero, dejar claro que si alguien se dedica a la docencia y renuncia a ésta porque sus alumnos no son curiosos, buenos escritores o participativos, no merece ser llamado docente. Un Profesor tienen paciencia, enseña en público y reprende en privado. También se esmera porque sus estudiantes se interesen por la cátedra y si no funciona, cambia sus métodos. Algunos de los periodistas, escritores o editores de mi carrera, Comunicación Social, son reconocidos a nivel nacional e internacional y, por supuesto, son brillantes en lo que hacen. No en vano están allí. Pero no por eso, son profesores.

Lo más triste, de toda la crítica a los estudiantes mediocres y la revuelta que ésta ha dado, es la violación del acuerdo tácito de confiabilidad que hay entre educandos y educadores. A la universidad se va a prepararse para que en futuro, durante nuestra profesión, los errores cometidos no se repitan. No nacimos aprendidos y por eso pagamos una matrícula, para equivocarnos y  formarnos. Y es muy probable que durante ese proceso escribamos mal y hasta caigamos en la mediocridad. No niego que hay quienes abusan de esas condiciones, pero eso no es una excusa para renunciar o criticar en público, cuando las capacidades de los demás se ponen en duda. Cuando entregas un trabajo a un profesor, como alumno esperas que éste de sus observaciones, porque lo más probable es que las necesites. Sin embargo, esos consejos son privados o, por mucho, se publican en clase para que los demás corrijan. Es allí, en las aulas de clase donde debe quedar la crítica o el inconformismo, no en un blog o una revista de circulación nacional. Siempre he creído que “la ropa sucia se lava en casa”, y por casa debió empezar ese descontento.

 

Por: Laura C. Dulce Romero

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