Las marchas de las putas

por La hora del escarnio


Cuando estaba en segundo de bachillerato comenzó a correr el rumor de que a Mariana García la habían violado. Mariana estudiaba un año por encima mío y yo la conocía porque era amiga de mi hermano mayor. Me llegó el cuento a través de una compañera que, al terminar de describirme cómo había sido la supuesta violación, me dijo, muy seria: “es que tu sabes que ella siempre anda en una pea y se viste como una loca. Algo estaría haciendo para que la violaran”.

Nunca se supo si el rumor era cierto pero circuló por los pasillos del colegio durante meses. Todo el mundo lo comentaba y no fueron pocas las que sacaron a relucir que Mariana no era precisamente una monja. Recuerdo que en ese momento me confundía la idea de que pudieran pensar que era culpa de Mariana. Mi razonamiento de quinceañera me decía que si una persona le hacía daño a otra persona, entonces quien hacía los actos tenía responsabilidad sobre ellos, mientras que la otra persona era la víctima, independientemente de cómo se comportara.

Ocho años después me doy cuenta de que sigo pensando diferente de la mayoría: para muchos, las chicas como Mariana se buscan que las violen. Un ejemplo es que en una charla de seguridad en Canadá un policía haya recomendado a las mujeres no vestirse como putas para evitar ser violadas. A raíz de su comentario se han producido marchas en varias partes del mundo, incluyendo Colombia, llamadas las Marchas de las putas, donde las mujeres defienden su derecho a vestirse y expresarse como quieran, sin tener que explicar que su cuerpo es únicamente suyo.

En una sociedad predominantemente machista es quizá demasiado pedir que se entiendan los puntos que defienden estas mujeres. Nos han enseñado que debemos ser unas señoritas en la calle, sin importar lo que hagamos en privado; el mundo debe vernos siempre elegantes, recatadas.  Por eso, cuando una chica que usa la falda corta, los escotes profundos y los tacones altos es atacada, se asume que debe aceptar las consecuencias de no cumplir con las reglas de la sociedad.

Para darles el beneficio de la duda, asumo que quienes piensan así no saben que los violadores padecen un trastorno psíquico y que, además, no actúan alentados por escotes y minifaldas. La psiquiatra y psicóloga Olga Cáceres lo explica en un artículo publicado en el diario El Día, de Argentina: “El tema que los obsesiona es el poder y no el sexo. Y es por eso que no buscan víctimas físicamente atractivas, sino aquellas que resultan más vulnerables: nenas (o nenes), adolescentes, mujeres jóvenes y solas, ancianas o discapacitadas”.

Ahí lo tienen, señores y señoras. No solo es su argumento machista sino que además está infundado. Como al machista no se le puede regenerar con argumentos –sólidos y verdaderos- como “mi cuerpo es mío”, “mi sensualidad no es una excusa para ser agredida” o “no es no”, presento razones psicológicas, comprobadas a nivel mundial, para que entiendan que su tesis no tiene base alguna. Mejor hagan silencio, si no por respeto a las mujeres –a sus madres, hijas, esposas, hermanas, amigas, a ustedes mismas- entonces por no evidenciarse como los ignorantes que son.

Daniella Mendoza.

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