El otro país y el desarrollo

por La hora del escarnio


Robby Ospina – @robbyao

No sé desde cuándo, ni porque motivo los docentes del país decidieron, de manera secreta, algo que desde entonces es una verdad inamovible de la educación colombiana: el mapa político de la nación tendría que empezar a enseñarse alrededor de cuarto de primaria.

No importa si el niño es guajiro, llanero o indígena, si asiste a una escuela pública o privada más o menos a los ocho años memorizaría los 32 departamentos y sus capitales, los innumerables ríos y los miles de municipios.

Inmensa tarea que genera en las generaciones más jóvenes frustración y desencanto. No digo con esto, que los infantes no deban apropiar su país desde la más tierna edad, pero sin duda el enfoque que domina hasta hoy no es el adecuado.

Quizá por esto, y por un sin número de eventos más, la mayoría de los colombianos no se interesa por los retos y desafíos que enfrenta el nivel subnacional.

Grave error, pues la salud financiera, el buen gobierno, y la viabilidad económica de los departamentos y municipios son factores indispensables para trabajar en la construcción de esa nación que soñó la Constituyente de 1991.

Por ejemplo, no es un secreto la desigualdad crónica de nuestras regiones, el columnista Mauricio Cárdenas aseguró en días pasados que en 2005 ‘el ingreso por habitante en el departamento más rico es 7, 5 veces mayor que el del departamento más pobre’.

Si a esto se suma, el alto indicie de corrupción de los gobiernos locales, la inviabilidad de algunos proyectos rurales que se diseñan desde Bogotá, entre otras tantas dinámicas, el panorama es ciertamente angustiante.

Pensar en el bienestar de ese otro país, de esa nación que trasciende las fronteras de Bogotá y los problemas de Transmilenio, es una tarea titánica que se debe librar tanto en el plano practico como teórico. Por ejemplo, ¿qué se debe entender como desarrollo?

El caso de Santurbán, Santander, es uno de los últimos casos que evidencian la complejidad y multidimensionalidad de dicho concepto, más allá de las opiniones a favor o en contra acerca del proyecto aurífero de la compañía extranjera Greystar.

Lo que se discutió es su momento fue la viabilidad ambiental de una iniciativa minera en un ecosistema tan frágil y único como el del páramo. Finalmente, la empresa canadiense cedió ante la presión popular y a causa de la ambivalencia del Ministerio de Medio Ambiente y Vivienda que tardó demasiado en dar a conocer su posición.

Sin embargo, este episodio revitalizó la discusión acerca de los límites y alcances del desarrollo. Dejó claro que este fenómeno no sólo señala la posibilidad de crecimiento económico, de ahí su naturaleza multidimensional.

Por el contrario, permitió que la opinión pública lo entendiera como un “proceso de trasformación social, política y económica a largo plazo” que involucra, entre otros muchos aspectos, lo ambiental pero sobre todo lo humano.

En suma, el caso Santurbán es sólo uno de los numerosos ejemplos de la dificultad de establecer una definición única y general de lo qué es y no es el desarrollo. El debate aún no está cerrado y queda bastante tela por cortar.

Pero indudablemente, en un futuro cercano los colombianos tendrán que hacer frente a este tipo de situaciones. Que les exigen, por un lado, actuar de manera responsable y, por otro, ir definiendo poco a poco cual es país que desean para sí mismos y para las generaciones venideras. Por supuesto, teniendo en cuenta la vida y bienestar de las comunidades de ese otro país.

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