No más ESMAD

por La hora del escarnio


Hoy la figura que genera más rechazo y odio en los jóvenes colombianos es el ESMAD, por encima de líderes guerrilleros, políticos y violadores. La brutalidad policial que ha cometido el Escuadrón Móvil Anti-Disturbios (ESMAD) ha sembrado en la sociedad y en la juventud un escepticismo frente al uso de este brazo armado del Estado para controlar las manifestaciones.

Obvio, no es fácil tener que soportar las protestas violentas de los manifestantes, que descargan toda su rabia hacia una institución que se atiene a cumplir órdenes; sin embargo, y aunque suene cliché, contrarrestar la violencia con más violencia solo produce más violencia, basta con mirar los resultados del conflicto armado con la guerrilla y los paramilitares.

En ningún caso es justificable la acción violenta de una institución del Estado, ni en la muerte de Oscar Salas ni en la de Nicolás Neira, ambos víctimas del ESMAD que cobraron sus vidas en 2006 y 2005, respectivamente. Ninguno de ellos, seguramente, salió de su casa con la idea de matar a nadie: ningún policía, manifestante o integrante del ESMAD.

Nadie que sale a protestar –más allá de la época de papas bombas, las piedras y los palos que puedan reunir– lo hace con un arma contundente para atacar a otra persona. Ningún estudiante prepara la marcha pensando en los objetos para defenderse, para agredir o para destruir lo que encuentre a su paso en la marcha, a menos de que su fin no sea protestar. Por el otro lado, y luego de recibir un fuerte y desgastante entrenamiento, los móviles del ESMAD salen a las manifestaciones a desafiar la actitud de los marchantes. Con solo su presencia generan rechazo en los jóvenes, y ¿cómo no? Luego del brutal asesinato a bolillazos de Nicolás Neira, quien no contó con la suerte de correr lo suficiente para evitar ser capturado por un integrante del ESMAD, y de la muerte de Oscar Salas, tras ser alcanzado por una cápsula llena de explosivos lanzada desde el móvil anti disturbios.

El uso de este escuadrón es claramente un método desproporcionalizado para contrarrestar las protestas. Su capacidad violenta deja en inferioridad de condiciones a los marchantes y los desafía a atacarlos en un enfrentamiento que siempre van a ganar. Buscan reprimir y someter a los jóvenes para evitar una posible reacción violenta, ya no como medida extrema.

Los jóvenes no creemos en el ESMAD como una autoridad, no sentimos respetos hacia ningún uniforme negro con escudo transparente, ni hacia ninguna tanqueta. Todo esto nos produce temor, rechazo, odio. La última protesta a Transmilenio fue una reacción de los “manifestantes”, aunque en todo sentido desmedida y reprobable, producto de que la única solución fuera enviar al ESMAD.

Por eso, espero que en esta era de las protestas llegue a existir una manifestación pacífica y bien estructurada en donde todos, jóvenes y demás personas que se quieran unir, nos unamos para gritar: NO MÁS ESMAD

Néstor Peña

 

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