Maturín sin agua

por La hora del escarnio


“Después de escuchar el boletín radial de las 7 de la mañana, Samuel Burkart, un ingeniero alemán que vivía solo en un pent-house de la avenida Caracas, en San Bernardino, fue al abasto de la esquina a comprar una botella de agua mineral para afeitarse. Era el 6 de junio de 1958. Al contrario de lo que ocurría siempre desde cuando Samuel Burkart llegó a Caracas, 10 años antes, aquella mañana de lunes parecía mortalmente tranquila. De la cercana avenida Urdaneta no llegaba el ruido de los automóviles ni el estampido de las motonetas. Caracas parecía una ciudad fantasma. El calor abrasante de los últimos días había cedido un poco, pero en el cielo alto, de un azul denso, no se movía una sola nube. En los jardines de las quintas, en el islote de la Plaza de la Estrella, los arbustos estaban muertos. Los árboles de las avenidas, de ordinario cubiertos de flores rojas y amarillas en esa época del año, extendían hacia el cielo sus ramazones peladas”.

Así comienza la conocida crónica Caracas sin agua, de García Márquez. Era el 6 de junio de 1958 cuando Burkart bajó al abasto y encontró que ya no se podía comprar agua en Caracas: un verano larguísimo había casi secado las reservas de La Mariposa, el dique que suministraba agua a la capital.

El 22 de marzo de 2012, cincuenta y cuatro años después, Venezuela celebra el Día Mundial del Agua con una huelga de los camioneros que manejan las cisternas que han estado suministrando agua a Maturín, capital del estado Monagas, donde el 4 de febrero explotó una tubería de petróleo que contaminó la planta de agua que surtía a toda la ciudad. ¿Por qué protestan los camioneros? Porque PDVSA los contrató hace 42 días pero todavía no les ha pagado su primera quincena.

Los colegios de Maturín cerraron, el agua se vende en cantidades limitadas y a altos precios, la gente ha instalado tanques improvisados en los techos y jardines de las casas esperando poder recolectar la lluvia. Menos mal que en estos últimos dos años el problema no ha sido la sequía, sino las lluvias bíblicas que han caído sobre Venezuela.

Chávez sigue viajando a Cuba a hacerse tratamientos y el resto de los funcionarios del gobierno están demasiado ocupados pensando en la próxima campaña electoral como para pagarle a los hombres encargados de dar agua a una ciudad entera. Como en la crónica de García Márquez, donde finalmente llueve a chorros justo cuando la situación se vuelve inviable, la lluvia es el milagro que salva a los venezolanos de perecer de sed.

 

Daniella Mendoza Villegas.

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