Descaro olímpico

por La hora del escarnio


El deporte, para muchos países como Colombia, se convirtió en orgullo e identidad nacional. Los colombianos, como no tenemos muchas cosas por las cuales sentirnos orgullosos, decidimos que los deportes serían la cara positiva de nuestro país. Sin embargo, siento desilusionar a más de uno, el deporte no es un ámbito nacional que merezcamos presumir, porque éste sólo es un ejemplo de la falta de oportunidades, del abandono del Estado y de la memoria a corto plazo de los colombianos.

Jackeline Rentería es una luchadora colombiana que ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Pekín. No sólo es luchadora por lo que práctica, sino por lo que tuvo que pasar para ser una gran deportista. Es una mujer que viene de un hogar muy humilde, en Cali. Ella debía caminar por lo menos 3 horas diarias para llegar a sus prácticas y dormir en una cama de cemento. Más de una vez tuvo que cambiar de deporte, como el judo, porque no pudo costear los gastos de su entrenamiento: 10.000 pesos mensuales. A Rentería le tocó formarse sola,  con algunas ayudas, por supuesto, no estatales con las que logró ser una deportista de alto rendimiento.

Así como este, hay decenas de casos en los que se demuestra que Coldeportes, el instituto colombiano que se encarga de velar para que nuestros deportistas tengan las mejores condiciones, no cumple con sus funciones. A los mundiales y a los olímpicos siempre van los mismos deportistas que, por alguna razón, lograron salir adelante y ser reconocidos, como Jackeline. Esta entidad sólo patrocina a deportistas de alto rendimiento, es decir, que quienes apenas están surgiendo o tienen iniciativa para el deporte deben buscar apoyo o patrocinio por sus propios medios. El problema, entonces, no es de talento porque los deportistas colombianos lo tienen, sino de condiciones óptimas y mayores oportunidades que les permitan explotar sus capacidades.

Pero el calvario de ser deportista en Colombia no termina ahí.  Los que algún día nos brindaron alegrías con sus victorias son olvidados por los colombianos y abandonados por el Estado. La semana pasada, RCN publicó una crónica sobre Prudencio Cardona, campeón mundial de boxeo en 1978, quien hoy tiene alzheimer y parkinson causadas por los golpes de las peleas. Cardona no tiene un sueldo para sobrevivir y comprar sus medicinas. Ahora, su pelea es con Coldeportes para ser beneficiario de una pensión vitalicia que dan a campeones mundiales.

También, en nuestros ídolos se evidencia que en Colombia ser deportista es una fantasía, que muchos cumplieron cuando se fueron a otros países. Todos admiramos a Falcao García, Camilo Villegas y Juan Pablo Montoya; y sentimos, descaradamente, orgullo patrio si ganan, cuando en realidad esos triunfos no son nuestros. Falcao empezó su carrera en Argentina con el River Plate, mientras que Villegas y Montoya, en Estados Unidos. Ellos son colombianos de nacimiento, pero no de formación. Colombia no les dio nada para ser las estrellas que son ahora.

Lastimosamente, en nuestro país no hay una cultura del deporte. Somos ignorantes con respecto a las ventajas que este trae; como el empleo, la recuperación de adictos a las drogas o el alcohol y la reintegración de jóvenes que pertenecían a bandas delincuenciales. Además, del mejoramiento de la calidad de vida, pues hay más hábitos saludables y el crecimiento económico. Por ejemplo, en España hace 20 años, las políticas públicas estuvieron encaminadas al desarrollo del deporte, especialmente, en el reclutamiento de jóvenes con talento que no eran profesionales. Ahora, quienes ganan todos los trofeos, medallas y reconocimientos son los españoles como Xavi, Rafael Nadal o Fernando Alonso, que además abren una posibilidad de mayor inversión económica desde los acontecimientos deportivos, que  atraen a millones de personas; y una consolidación de la identidad nacional.

Ahora entiendo por qué en este lugar de amores y desamores nadie quiera ejercer el deporte como oficio. Lo paradójico es que deportistas como Jackeline Rentería, Falcao García y, en su momento, Prudencio Cardona; a pesar de no debernos nada, llevan con orgullo la bandera tricolor.

 

Por: Laura C. Dulce Romero

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