Esta es una carta sin crayones

por La hora del escarnio


Hace algún tiempo, nunca con fecha exacta, decidí que en mi vida no hay espacio para otro. Entendí que el dibujo guardado en la clandestinidad de mi infancia eran solo eso: un dibujo. Los crayones que me pintaban con mi cómplice de vida nunca me enseñaron que no hay muchos colores para probar, que el amor es más frágil que la cartulina y que los errores no se arreglan con colbón. Entendí que los recuerdos de ese dibujo se borran porque en mi mente no hay nada que les dé un motivo para continuar. Entendí que yo soy el del problema y que con eso puedo vivir.

Siempre pensé en una persona que estaba esperando por mí. Que no tenía que esforzarme porque ya estaba destinada. Que la media naranja era dulce y redonda, y que yo ya tenía guardada la mía, tal vez en un bodegón imaginario. Pero entendí que hay más frutas y que cuestan. Que la media naranja ya está mordida y que por lo general es amarga.

El amor no es compatible conmigo todavía. Mi tolerancia no está entrenada para compartir mis sueños y negociar mis ambiciones. No estoy preparado para renunciar a una parte de mi personalidad, que solo amo yo, que solo entiende mi cuarto y mi libreta. He cambiado la picardía de los 10 por la experimentación de los 21. Tal vez por eso ahora disfruto las crisis alcohólico literarias y no las sobredosis de helado de chicle.

Pero si apareciera mi cómplice de vida, si mi dibujo se materializara en una realidad imposible, aparecería alguien similar a Eva Green; tal vez alguien más alto. Pero no sé qué pasaría cuando le dijera que soy el antónimo más exacto de príncipe azul. Que me adelanto a los semáforos, que no piso las rayas en el suelo, que Linterna Verde estará en todas las paredes de mi casa y que invertiría más en los libros de la biblioteca que en los yogures de la nevera. Ah, y que nunca he pensado en agradarle conscientemente a alguien por más de un año.

Hablo en silencio sobre ella, aunque no la conozco, y temo que cada día me quedo sin materiales para reconstruirle esa hoja llena de corazones en la que creía. Hoy mis dibujos son diferentes, tal vez porque los coloreó con un lápiz de mina prevenida, o porque los he dejado de pintar y ahora los digitalizo en una era que arroja al olvido el fetiche del papel; y, de pronto, el fetiche del amor.

Si hago una carta sería sin crayones. Los crayones me han mentido. Ya no le creo a la magia de la tiza pastel ni al efecto de las acuarelas. Se la haría a alguien que obvio no está esperando por mí, pero que puede llegar cuando el amor sea compatible conmigo, y cuando mi mente quiera abrirle espacio a un cómplice. Se la haría con letra verde. Le escribiría sin palabras que conquistara el mundo conmigo, que no se riera de esa frase. Que no me llevara la idea en todo, como lo han hecho todas. Que me enseñara el mismo mundo de otra forma, y que me convenciera que puedo tener una parte de mi personalidad que arriesga la posibilidad de tenerla a ella mi lado.

Que también pensara que se puede criticar el mundo sin corbata y que me cuide como un artesano cuida sus manos. Que me ayudara a quitarle el miedo al fracaso. Que apueste todo por no dejar fallecer un efecto biológico que se deteriora con el tiempo y se lacera con las caricias. Alguien que le crea a las canas y a las arrugas. Que ame los jeans. Alguien que ya desde hace tiempo le haya dejado de creer a los dibujos con crayones.

Att: Daniel Alejandro Pinilla Cadavid

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