Cartas para Alejandra

por La hora del escarnio


Robby Ospina – @robbyao

Por aquella época tomaba más vino que un francés y fumaba más tabaco que Fidel Castro. Tenía 16 años y estaba enamorado. El amor me había golpeado con la fuerza de un tren transoceánico y mi ánimo sólo encontraba descanso en la escritura, en el ejercicio nocturno de hacer cartas para la niña que me había embrujado. ¡Sí, embrujado! Al menos eso fue lo que creí por muchos años.

Yo vivía en el tercer piso de una casa de alquiler. Era un apartamento modesto en un barrio popular de Bogotá. Mi madre trabajaba a diario y poco o nada la veía. Mi padre, siempre tan optimista, en ese año (2004) estaba embarcado en un negocio colosal que según él le dejaría un hermoso auto, pero sólo le dejo tristeza y una gran deuda en el banco. Ninguno tenía tiempo y creo que la soledad hizo crecer en mí la necesidad de ver y estar cada vez más con aquella joven.

Al cabo de un año me enamoré perdidamente de Alejandra. Ella, siempre tan segura y fuerte, cogió la cosa con calma y solía decir: “a nadie quiero más que a mi perro”. Cuando lo decía se reía con ganas y levantaba del suelo al animal, que movía la cola ante la inminencia de una avalancha de besos. Algo enfadado pensaba que nunca había querido tanto a una persona como en aquel momento.

Fue durante nuestro noviazgo que cogí el hábito de escribirle cartas, esa maldita manía que aún conservo. La costumbre nació en la noche. Cuando la ciudad dormía me encerraba a transcribir poemas, de los escritores de la colección Grandes Autores Colombianos de la editorial El Tiempo, que firmaba con mi nombre y que a la mañana siguiente dejaba bajo su puerta. Recuerdo que en esas jornadas leí por primera vez a José Asunción Silva y a León de Greiff. Ambos me conmovieron profundamente.

A Alejandra siempre le gustaron mis cartas. Poco antes de acabar con nuestra relación me mostró un hermoso baúl en donde las guardaba todas. Eran cientos de hojas garabateadas con mi letra, llenas de octavas reales, de haikus y de versos libres. Cuando lo sacó del armario, le dije: -ponle nombre a ese baúl-, y como en un acto de premonición lo llamó “el cajón del olvido”.

Como es natural crecimos y lo que fue un juego de niños se convirtió en una tragedia de adultos.  Los celos, la inmadurez, y las ganas desaforadas de vivir otras experiencias acabaron con nuestra relación. Un día que recuerdo con exactitud, jugaba Francia versus Togo en el Mundial de Alemania, recibí una llamada al móvil, era Alejandra. –Hola Robby, sabes que te quiero, pero lo nuestro ya no funciona. Mañana viajo y regreso en dos meses, espero estés bien. Fue todo lo que dijo y de manera repentina se marchó.

Claro que intenté contactarla, pero no volví a saber de ella sino hasta dos años después, cuando ya no me interesaba. Su ausencia me ocasionó un profundo dolor, pero ni su viaje logró romper el más fuerte lazo que me une a ella: mis cartas.

Es cierto que jamás la volvía ver, pero nunca deje de escribirle

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