Carta al amor

por La hora del escarnio


La vez que me imaginé escribir una carta de amor pensé que iba a ser por un sentimiento que iba a superar todo lo que había vivido antes de hacerlo, que iba a ser por iniciativa propia y que la destinataria tenía nombre y dirección. No fue así. Confieso que nunca imaginé que escribiría una carta de amor. Siempre pensé que eso estuvo pasado de moda, como una salida al parque a comer helado casero o como impulsar en el columpio a la otra persona.

Además, confieso que la única vez que entregué una carta de amor no la hice yo. No sentí nada extraordinario que me motivara hacerlo, en parte porque fue iniciativa de ella, y además porque mi letra era horrible. Creo en el amor mas no en las cartas que dicen expresar amor. No creo en la palabra escrita como forma de amor y menos luego de la poesía barata y trivial de Facebook y Twitter.

Creo que amar es un sentimiento de ingenuidad sin que por ello seamos ingenuos al hacerlo. Creo en el amor como el estado más puro del ser humano sin llegar a ser un sentimiento inalcanzable. Creo en el amor como una unión entre el respeto, la confianza y el sacrificio. Creo en el amor como un sentimiento impreso en cada acción sincera. Creo en el amor como una entrega del cuerpo y el alma. Y creo que hasta ahora, más allá de mi familia, nadie se ha podido ganar mi amor.

Creo que todo mi amor lo estoy guardando para alguien especial, alguien que decida arriesgarse y acompañarme por el resto de mi vida; creo que lo guardo para –por qué no– algún día dárselo mis hijos. Creo que guardo todo mi amor para ofrecérselo a mis viejos; creo lo guardo para mí, porque si no aprendo a amarme, jamás aprenderé a amar a otra persona.

Creo que guardo todo mi amor para no dejarlo plasmado en el papel, sino para llevarlo en las acciones.

Creo que nunca escribiré una carta a ti, amor

Néstor Peña

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