“Ahí estaba, por desgracia, una definición de país”, Alberto Barrera Tyszka

por La hora del escarnio


Alberto Barrera Tyszka es un escritor venezolano de 52 años que se ha convertido en la última década en una especie de experto en Hugo Chávez y su modelo de gobierno. A pesar de que su novela La enfermad ganó en 2006 el Premio Herralde, Alberto Barrera es mucho más conocido por la biografía que escribió en colaboración con la periodista Cristina Marcano: Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal.

Barrera Tyszka estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela, una universidad pública cuyos estudiantes siempre han tenido fama de hippies y revoltosos. Hoy en día da clases en la Facultad de Comunicación de la Central y escribe una columna dominical en El Nacional, un periódico de oposición. Además colabora con páginas web como La Patilla (también de oposición) y sus textos han aparecido en medios como El País, Letras Libres, Etiqueta Negra y Gatopardo. Ha sido guionista de novelas durante años tanto en Venezuela como en Colombia, Argentina y México.

Sus columnas de opinión suelen estar muy ligadas a dos temas (que, en realidad, y por desgracia, son uno solo): Chávez y la realidad política y social venezolana. También escribe sobre temas relacionados con las artes, sobre todo el teatro y la literatura, lo cual tiene sentido considerando su formación académica, más cercana a ese tipo de tópicos que a la política. Pero la extensa investigación que realizó para escribir su libro sobre Chávez (y el éxito que éste tuvo) y su continuo trabajo de análisis sobre el presidente lo han consagrado como un gran conocedor de la “lógica” detrás del llamado Socialismo del Siglo XXI y el papel central que en él juega Hugo Chávez.

LaPatilla.com y El Nacional son los medios donde más publica Barrera Tyszka. Considerando que ambos son de oposición y que el autor sigue la misma ideología, puede decirse que no hay roces entre las creencias personales de Alberto Barrera y los principios de los medios en los que publica. Esto puede ser un arma de doble filo: aunque, por un lado, se sabe que sus lectores lo recibirán siempre de buena gana (pues comparten su ideología), por otro lado, la polarización en los medios venezolanos es tan exagerada que se duda de la veracidad de lo que se publica, tanto desde el oficialismo como desde la oposición. Al no escribir para medios objetivos o de tendencia central, Barrera Tyszka se expone a ser visto como un opositor radical más que solo busca desprestigiar y criticar a Chávez cada vez que puede.

Clase media-alta y alta, con educación superior, seguramente mayores de 25 años y, por supuesto, de oposición. Así son los lectores de Alberto Barrera, gente culta que lo conoce tanto por su trabajo como analista político como por sus méritos como novelista y cuentista y que, por ambas razones, lo admiran. Esto le da mucho poder a Barrera Tyszka en cuanto a la capacidad persuasiva de sus columnas (sus lectores, de entrada, le quieren creer) pero también le supone una reciprocidad con quienes leen su trabajo. Al publicar en páginas web y tener Twitter, el escritor se abre a la posibilidad de los comentarios y los mensajes directos que, aunque muchas veces lo alaban, también pueden ser críticos. De hecho, Barrera Tyszka publicó una columna especialmente dedicada a explicar por qué no le gustan los perros porque, luego de decirlo en una entrevista en la radio, comenzó a recibir cantidades de reclamos de sus lectores. Podrá parecer un ejemplo tonto pero muestra que el escritor tiene un sentido de deber con sus lectores.

Esos lectores, además, se sienten conectados con un Barrera Tyszka que les escribe a ellos, hablándoles directamente de tú: “Haz la prueba. Cada vez que lo escuches hablar, ponte a contar las veces que dice yo”, les pide, tratando de acercarlos a su propia experiencia empírica: “Fíjate en sus ministros, en cualquiera de sus colaboradores más cercanos. Siempre dan esa impresión. Tienen rostros de confesión previa, de prearrepentimiento”.

Crudo, directo, sin rodeos ni vergüenzas por usar palabras fuertes, Alberto Barrera le pregunta a las nubes “¿Qué carajo es un sistema de justicia?” y explica cómo trabajan los funcionarios del gobierno chavista:  “La gente de su entorno ya está entrenada. Pareciera que caminaran sobre un esqueleto invisible, llevando las nalgas en la mano, como si fueran bandejas. Están ahí, dispuestas siempre, por si el Presidente necesita patearlas”.

Hay una dosis de cinismo e ironía que casi siempre está destinada al gobierno y que funciona, también, como manera de mostrar lo absurdo de ciertas situaciones que pareciera que ocurren solo en Venezuela. En su columna Vida de balas, Barrera nombra una serie de momentos en que la Asamblea Nacional se pronunció, horrorizada, sobre actos violentos en otros países. “En 2010, siempre atenta a cualquier efemérides que tenga que ver con la violencia y el respeto a los derechos humanos, la Asamblea Nacional ofreció una salutación especial “por la conmemoración del trigésimo quinto aniversario de la toma de Saigón”. Así, hace evidente lo absurdo que le parece que mientras los venezolanos morimos de a cientos por fin de semana, las instituciones gubernamentales pongan la vista en situaciones internacionales, ignorando explícitamente lo que ocurre en su propio país.

Como también es escritor de ficción, Barrera Tyszka utiliza los recursos literarios que maneja bien para darle un ritmo, un hilo narrativo, a sus columnas. No las comienza de manera convencional, ni siquiera abordando el tema directamente. Empieza, casi siempre, con frases cortas que dicen poco e intrigan al lector:

“Antes, mucho antes, eran un rumor. Luego comenzaron a aparecer. Cada vez con mayor fuerza. Primero, se colaron en las palabras. Empezaron a estallar y a dejarse ver en el lenguaje. Poco a poco fueron instalándose en los relatos cotidianos, en las anécdotas. Pasaron a los medios. El Gobierno decía (todavía lo dice) que sólo eran un invento de los periódicos y de la televisión. Que las noticias magnificaban la realidad. Que querían desestabilizar el país.

Las balas, mientras tanto, se siguieron multiplicando”.

Al personificar las balas, Barrera Tyszka se libra de los lugares comunes sobre la violencia en Venezuela. No pretende hacer un análisis profundo de la situación, simplemente crea, en un párrafo, una sensación que es demasiado común para el caraqueño: la paranoia.

Otro truco sacado de la manga de la ficción es la construcción de escenas, que Barrera Tyszka utiliza, muchas veces, para presentar el tema que desarrollará en sus columnas. Así lo hace, por ejemplo, en la que escribió sobre el ex magistrado de la Sala Penal del Tribunal Supremo de Justicia, Eladio Aponte Aponte:

“Pasan los días y la imagen no se va, no termina de desvanecerse. Tiene una persistencia tremebunda. Aquí está de nuevo: Aponte Aponte, mirando a cámara, en la entrevista de Miami. Luce acorralado, nervioso, incómodo. Tampoco la iluminación lo ayuda. Trata de ahorrar palabras. Dice y no dice tanto, dice y no dice nada. Todavía no muestra pruebas. A veces sólo ofrece un ajá pastoso, un ujum empujadito, sin demasiado convencimiento. Algo cruje en la pantalla cuando habla de la moral, de la patria, del honor”.

Barrera Tyszka no solo es inteligente y agudo, con esa capacidad para dar en el clavo, sino que, además, lo logra con una excelente precisión literaria. Pero sabe hacer una mezcla equilibrada entre frases de corte literario y los coloquialismos que percibe que al venezolano tanto le gustan. Así, se pone al nivel de sus lectores, sobre todo de los jóvenes, y evita perderlos entre frases demasiado adjetivadas. Volviendo a la columna de Aponte Aponte encontramos otro buen ejemplo de esa mezcla entre literatura y franqueza coloquial: “De manera inmediata, Aponte Aponte pasó a ser tan sólo un ex. Un ex magistrado. Un ex miembro del TSJ. Pero, sobre todo, un ex rojo rojito, un ex cachorro de Bolívar, un ex militar cabal, un ex pana, camarada, ese gordito revolucionario a toda prueba. El propio expulsado del reino. Cada alto funcionario dejó un énfasis particular en el chasquido de esa equis”.

Hablando del Doctor Marquina, un hombre que por un tiempo fue la única fuente (muy dudosa) de información sobre la enfermedad de Chávez, Barrera Tyszka utiliza imágenes para hacer evidente lo poco seguro que resulta ese Doctor como fuente: “Nadie sabe muy bien de dónde viene. Es una suerte de éxito del verano, un baile de bata blanca y estetoscopio, una sensación del Twitter cuya veracidad y legitimidad se basan solo en un adverbio: supuestamente. Ese es su título, su posgrado, su residencia. Un adverbio enmarcado y colgado en una pared. Supuestamente sabe. Supuestamente, está cerca. Supuestamente conoce”.

Aunque algunas veces toma noticias actuales como punto de partida para sus columnas, suele escribir sobre la situación venezolana en general, como si analizara un aspecto de ese estado tan extraño que es la venezolanidad en cada columna. Critica siempre a Chávez y a los altos funcionarios de su gobierno, claro está,  pero también reconoce, por aquí y por allá, errores comunes de la oposición.

Aunque las críticas al oficialismo sean evidentes y constantes, al hacer una revisión de las columnas de Barrera Tyszka se puede concluir que el escritor está, realmente, tratando de destapar respuestas sobre el país y su gente. Su prioridad no es criticar a Chávez sino que, a través de esas críticas, descubre características de Venezuela y su sociedad. Este detalle tan importante lo hace mucho más accesible como columnista en un país donde todo el mundo necesita respuestas sobre su entorno y donde la gente está saturada de la eterna pelea oposición-chavismo.

“Porque diferenciar a Chávez de los problemas del país no es solo un asunto de la oposición, de la disidencia. Probablemente, tal vez ésa sea también la principal tragedia de cualquiera de las vertientes del oficialismo. Quizás, de cara a las realidades nacionales, a la inseguridad o a la salud pública, por ejemplo, los venezolanos tengamos muchos más acuerdos que con respecto a la figura del Presidente. Ahí respira también parte del delirio que vivimos. Porque Chávez no es un proyecto de país. Chávez no es un plan. Chávez no es un programa social. De eso se trata, en el fondo. Cuando más se obliga a la sociedad a girar alrededor de su persona, más lejos estamos de cualquier versión del socialismo, más nos adentramos en ese raro invento del narcisismo del siglo XXI”.

Barrera Tyszka utiliza series de preguntas, una tras otra, para mostrar ese estado de duda en que se encuentra todo el mundo en Venezuela en este momento, esa incertidumbre con respecto al futuro que nos mantiene estancados en un presente que, por culpa de la violencia descontrolada, amenaza con asesinarte a cada segundo:

“Aponte Aponte deja demasiadas preguntas abiertas sobre la justicia y el ejercicio del poder en nuestro país. ¿Todas sus decisiones y sus sentencias también ahora pueden ser ex decisiones y ex sentencias? ¿Qué hacemos con lo que hizo, o con lo que al menos dice que hizo? ¿Qué hacemos con lo que afirmó sobre los 200 muchachos colombianos que supuestamente formaban parte de un convoy que venía a asesinar al Presidente, por ejemplo? ¿En qué parte de la memoria nacional ponemos ahora todo ese espectáculo? ¿Qué hacemos con sus decisiones con respecto a los hermanos Guevara, o a los comisarios detenidos por los sucesos de abril, o a los directivos de Pdval? ¿Cómo podemos ponderar su actuación en cada caso? ¿Qué tiene que decir el Gobierno sobre todo esto? ¿Acaso no tiene ninguna opinión?”

Esa sensación de no saber qué pasa está analizada en varias de sus columnas, también, desde el punto de vista comunicacional y de estrategias políticas. Alberto Barrera plantea un tesis según la cual el gobierno se ha convertido en una empresa y Chávez en su principal mercancía: todo gira en torno a él. Además, es una empresa que produce bienes emotivos, no información concreta y comprobable y que se nutre del desconocimiento y la duda. Refiriéndose a la enfermedad de Chávez, nos dice:

“Seguimos sin saber qué pasa. A cambio, la fábrica de afectos no se detiene. La televisión no descansa ni un segundo. El Presidente llora en la misa. El Presidente le pide a Jesús su corona de espinas, su cruz. El Presidente quiere ser un sacramento. La emoción debe ser cada vez más grande. Hasta que lo real solo sea una ilusión. Hasta que ya no haga falta el contenido. Hasta que ya a nadie le importe la información.”

Ahora, casi nada de lo que Alberto Barrera plantea en sus análisis es directamente comprobable pues no utiliza cifras, estadísticas o citas de autores. La cosa es que tampoco las necesita, porque su voz es tan acreditada y reconocida como verdadera que su soporte es su propia autoridad.

Venezuela, sus problemas, su gente y las dudas que los rodean se convierten en palabras ácidas y acertadas cada semana en las columnas de Alberto Barrera Tyszka. Por eso, leerlas es acercarse a la realidad de un país que, en medio del caos, al menos sigue teniendo mentes claras y suspicaces que analizan el telón de fondo de este circo en el que nos hemos convertido.

 

Daniella Mendoza.

 

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