Ricardo Silva Romero Calidad como argumento

por La hora del escarnio


Su excelente forma de escribir y su capacidad para narrar, hacen de Ricardo Silva Romero un columnista muy completo. La precisión en el uso del lenguaje, la idoneidad de sus temas y la capacidad para mirar las cosas más allá de los demás, lo convierten en columnista distinto, una voz alternativa que ofrece puntos de vista distintos a lo que parece no hay nada más que decir.

Nació en Bogotá el 14 de agosto de 1975. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana en los noventa, fue profesor de literatura del Gimnasio Moderno y obtuvo un máster en cine y televisión en la Universidad Autónoma de Barcelona, para luego convertirse en comentarista de cine de la revista Semana y colaborador de Soho en el año 2000. Siempre estuvo ligado a la literatura y definió su gusto por las letras y los textos gracias al escritor Ángel Marcel.

Ha escrito obras de teatro, cuentos humorísticos y novelas de no ficción. Algunas de sus novelas son Tic (2003), Parece que no va a llover (2005) y Autogol (2009). Así mismo escribió la obra de teatro Podéis ir en paz (1998) y Sobre la tela de una araña (1999), una recopilación de sus cuentos humorísticos.

A sus 37 años es columnista de El Tiempo, miembro del consejo editorial de  Arcadia, redactor de la sección de televisión de SoHo y colaborador de la revista Credencial. Así mismo escribió artículos para El Malpensante, Número, A+, Artifex, Cambio, Babelia, Boletín Bibliográfico y Plan B.

Su vida ha girado en torno a la literatura, los cuentos y la narración. Y todo eso se denota en sus columnas, siempre bien escritas e impecables en el uso del lenguaje. Sus columnas se destacan por la brillantez en la narración. Su mejor argumento es la calidad de sus textos, la sintaxis y la estructura de éstos. En un país donde, como planteó en su columna ‘Colombia’, “venir aquí es ver con los propios ojos una historia imposible que está ocurriendo de verdad”, solo requiere del sentido común para criticar a un político, a la forma que se ejerce el poder o a la sociedad misma. Silva apela a ese sentido común –que en Colombia a veces que no fuera tan común– para argumentar lo que sucede en la cotidianidad de nuestra sociedad.

Hasta ahí parece una tarea común entre la opinión de este país. Pero hay un elemento clave que hace que las columnas de Ricardo Silva salgan de los lugares comunes de la opinión generalizada: siempre ofrece una visión distinta de la realidad nacional. Ese es tal vez el plus que lleva a los lectores a preferirlo a él antes que a otros, una mirada diferente que hace falta en este país lleno de medios que reproducen la misma información. Un gran ejemplo es la columna titulada ‘Protesta’, en la que argumenta que “Un golpe a las Farc sería que el Presidente se sentara con los estudiantes a armar un mejor país” Una frase contundente, simple y muy diciente, como nos tiene acostumbrados. A nadie se la había ocurrido, ni se le ocurrió, pensar que la negociación entre estudiantes y gobierno era un mensaje certero a las FARC. Sin duda un aporte muy brillante al debate sobre la educación con relación al conflicto armado.

Otro elemento valioso de sus columnas es el título, conformado por una sola palabra siempre, lo cual no le quita lo diciente y preciso que es. Ahí, en una sola palabra, resume su columna. En esa simple palabra retrata lo que quiere decir. No se complica con una frase o con más de una palabra. Calla todo pero dice mucho. Queda la sensación de que el título se va construyendo a lo largo del texto y que no pudo ser otro.

En sus columnas trata de recoger los pocos elementos positivos de la sociedad, ya sean de antes o de ahora; sin embargo sus columnas siempre generan indignación con la realidad. Es muy coyuntural en sus textos. Siempre da la sensación de actualización, de que los temas que allí se tratan son importantes, él les da esa importancia, se involucra y es evidente su participación en los artículos. Se notan sus sensaciones y emociones, es fácil captar su voz. Al final queda la sensación de que se comparten muchas de esas sensaciones y finalmente nos involucra en su texto, porque más allá de las problemáticas de la clase política hay una crisis social que nos afecta y nos incumbe a todos.

Sus columnas son muy dicientes, en parte, por los finales. Tiene una capacidad –que en verdad después de leer el texto no asombra– de resumir toda la columna con un final que deja la sensación de que todo está dicho, está claro y entendido. Son sentencias, frases concluyentes, precisas y oportunas. Todas sus columnas tienen un cierre simple y sensato. Por ejemplo en su columna titulada ‘Poder’ concluye “Sí, hubo una vez que se llegó a confundir “poder” con “poseer”, “poder” con “someter”, “poder” con “fuerza”. Hubo una vez, en fin, que ocurre ahora.” O en la columna de la semana pasada titulada ‘1987’, donde finaliza diciendo “Y el buen ejemplo de Herrera, que pierde y gana y vuelve a perder, se irá extraviando con el paso de los gobiernos y los tiempos: algún día se descubrirá en algún laboratorio que veinticinco años colombianos son cien años comunes y corrientes”. Son frases muy explicitas que hablan muy bien de calidad de escritor que es Ricardo Silva.

Y es tan difícil escoger cuál puede ser el mejor final como escoger su mejor columna. Lo único que terminará decantando la elección es con la que uno más se identifique, porque por más que uno no esté de acuerdo con lo que plantea, la forma de decirlo puede llevarlo a uno a pensar como él. Sus columnas nunca se caen por falta de argumentos, siempre hay una buena cantidad de demostraciones que sostienen la columna. No son argumentos de autoridad, ni exceso de cifras o estudios, es el sentido común en lo que se basa. Y eso lo hace más digerible y hasta más creíble.

Hace uso de la ironía y la sátira criticar temas y personalidades importantes. Siempre acude al pasado. Sus columnas contrastan lo que fue ayer con lo que es hoy. Siempre existe esa relación con el pasado que le agrega el contexto necesario para poder opinar sobre los temas. Utiliza un humor con una sutileza que deslumbra como en su columna ‘Ojalá’, donde dice “Yo me negué a elegir a Petro porque no quería que llegara a la alcaldía de Bogotá otro político mitómano -perdón por la redundancia- que no tuviera entre sus planes ser alcalde”

No sé si sea coherente con su medio. De hecho no sé si El Tiempo sea manejado de forma coherente, pero es claro que su columna genera alternativa en la sección de opinión del diario y eso hace que se incremente la credibilidad del periódico. De pronto puede que esté ligado en muchos aspectos que definen al diario como en mencionarlo en algunas de sus columnas más como una estrategia de publicidad que de cualquier otra cosa.

Néstor Julián Peña Suárez

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