El ano de la información

por La hora del escarnio


Cuando decidí que comunicar sería mi trabajo, lo que no ha dejado de sonar extraño, el mundo de la información era diferente.  Las lógicas de la comunicación eran tan jóvenes que todavía no tenían nombre, informar era un lujo y la credibilidad de los medios todavía existía.

En un despertar tan rápido como la metamorfosis de Gregorio Samsa, el mundo de la información cambió sus dinámicas y se convirtió en una esfera llena de contenido. Dejó su apariencia compacta y hermética, para convertirse en una caja perforada por la tecnología. Alteró la mente desnutrida de miles de lectores, similares a Lucy una Australopithecus más, que desconocían el valor de la información.

La fluidez de los cambios y la liquidez de los contenidos nos obligaron a pensar diferente. A entender y a  leer la información de otra manera. El arte de comunicar se prostituyó y la reproducción de la obra informativa intentó tecnificar una ley natural: la comunicación. Ese fue el error. Creer que comunicar solo lo pueden hacer algunos, que hay formulas para escribir y que no hay dosis de talento para contar historias.

Hoy todos comunicamos. O tal vez siempre lo hemos hecho, pero hasta hoy nos damos cuenta. La información se convirtió en algo tan obvio que ignoramos su poder. Aunque estamos 10 veces más informados de lo que estábamos hace 50 años, la mayoría sigue sin apreciar la riqueza de ser informado e informar.

El mundo se empieza a dar cuenta de que la comunicación mueve masas, interrelaciona y educa. Es tan fuerte el cambio que ahora tratan de regular la herramienta y controlar ese derecho que siempre hemos olvidado. Yo despierto, veo el computador y leo en la pantalla de gel que mil personas hacen lo que yo hago: informar. Hay tantos medios como personas. Hay tantas versiones de la historia, como historias.

Sin embargo toda esa información, todo esos cibernéticos que enfrentamos la red sin guantes, esperando otro nocaut de manos de la tecnología, escribimos para alguien. El secreto está en contarle a ese destinatario, que vomita  y procesa contenido, algo que no sepa, darle la credibilidad de lo que se le dice y esperar que por lo menos siga la cadena: que informe, y que no sea ese roto oscuro que se caga la magia de comunicar.

Columna Final por: Daniel Alejandro Pinilla Cadavid

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