Tiquete hacia la pobreza

por La hora del escarnio


Vivimos en un país mentiroso que direcciona nuestras mentes opulentas hacia un mismo lado, claro,  con discursos que simulan ofrecer las mismas oportunidades. Pero no todos somos iguales. Algunos tienen enormes privilegios en lo que pinta como igualdad de posibilidades. Aquí nace el problema de la desigualdad que desafía la supervivencia del mejor, obligando a todo colombiano a desenmascarar su instinto más visceral.

El impuesto puede ser el costo de la calidad de vida y progreso de una civilización. Un tributo, que se regula por la capacidad adquisitiva, puede amortiguar tantas cargas que un Estado, infecto como el nuestro, por sí mismo no ha podido financiar. La presión tributaria media de América Latina es del 17%, la de Estados Unidos es de 24%, en los países de Europa está en 32%. En Colombia, país de pura cepa, es del 14%.

No somos el país más pobre del mundo, pero sí uno de los más desiguales, lo que es peor. Porque si todos fuéramos pobres y comiéramos renacuajos de almuerzo, como algunos niños en ciudad bolívar; o soñáramos solo con montar en cicla, como cientos de campesinos en las veredas de Santander, todos sufriríamos de la misma manera y no nos atormentaríamos con las posibilidades que sí goza el otro. No cargaríamos con esta vergonzosa desigualdad que nos atrofia mente y espalda.

Por eso ofende que una persona gane en dos horas, lo que una familia de tres generaciones logra ganar en toda su vida. Apesta porque esas dinámicas no tienden a cambiar, sino a crecer. Alimentamos una desigualdad, irónicamente, con el hambre y la sed de la mayoría.

El problema no es la pobreza, el problema es que no vemos la desigualdad como problema. Vivimos con una aceptación que pareciera arrojar a la suerte, y condenar al olvido, a un 67.1% de los ciudadanos colombianos que se cobijan con las incomodidades propias de la pobreza.

A nosotros nos duele pagar impuestos, nos cuesta entender que los privilegios traen responsabilidades y que los subsidios adquieren compromisos. Ese inconformismo y desconfianza que tenemos con el Estado asume unas consecuencias horribles y lamentables que solo escupen una brecha más fuerte entre nosotros. Una brecha que ya le niega a miles de bebes, que ni siquiera han visto luz, la oportunidad de una universidad.

No pagar impuestos es un deporte olímpico y es una conducta ilegal que aceptamos.  La aceptación de conductas ilegales y algunas formas de violencia pueden promover la violación de derechos humanos. Un atenuante a esta realidad no es una flaca reforma contributiva, pero sí es una gorda metamorfosis primero: en la mente de quienes pueden entender que pagar más en impuestos es una forma de mantener la oportunidad de otros y la posición de ellos en un sistema que los privilegia. Y segundo: un giro en el sentido de quienes “administran” esos dineros, que no casualmente son los pueden contribuir más.

La desigualdad nos absorbe y nos encierra en un hermetismo que enferma. Somos iguales en derechos ante la constitución, algo que nos hacen olvidar. Si todos tuviéramos las mismas oportunidades y algunos sintiéramos la responsabilidad de contribuir a que eso pasara, nuestros jóvenes no soñarían con ser narcotraficantes, como alguna vez pasó, y dejarían de admirar a los ricos para admirar a los profesores.

Corrección 2: Daniel Alejandro Pinilla Cadavid

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