FINAL

por La hora del escarnio


1. Columna Corregia sobre la dieta

http://soundcloud.com/alejandraps/columna-de-opini-n-corregida

 

2.Columna nueva

¡Si!.. veintiún años ¿y qué?

Hace unos días tuve un paseo de esos en los que uno se pregunta ¿yo qué hago acá? Una amiga me invitó a un paseo en una finca  en Villeta con sus amigos, los cuales casi todos tienen entre veintisiete y veintinueve años. Para mí no era algo extraordinario- teniendo en cuenta que tengo veintiún años recién cumplidos- pues tengo un hermano de veintinueve años y una hermana de veintiocho, lo cual me ha llevado a involucrarme muy bien con estos “jóvenes ‘yupis´” que hablan en spanglish y les encanta comentar de su estrés laboral, su nuevo reloj que lo están pagando a 36 cuotas y las ventajas de vivir solos.

Me sentía en mi zona de confort. No tenía problema involucrándome con los temas, no me aburrí oyendo sobre cómo el jefe explotaba a cada uno de los que estaban en el paseo y sobre todas la cosas me reía sin control del hijo de un actual ministro -que prefiero no decir nombres- que se pasó 3 días seguidos hablando de cómo era posible que no pudiera levantarse a una niña siendo que él era todo un ‘partidazo’: Un tipo de veintinueve años, físicamente atractivo, hijo de ministro, con camioneta y apartamento en rosales para él solo. (Así decía)

Todo iba bien. La primera noche nos tomamos unos aguardientes mientras entrabamos todos en confianza. Eran aguardiente para romper el hielo. Todos cantábamos canciones de Carlos Vives  y salsa de Jerry Rivera a grito herido. Parecía como si nos conociéramos todos de toda la vida sobre todo por las canciones corta-venas que terminan siempre uniendo a las personas. Pero en un momento, para mí, la tranquilidad y la conformidad en la que estaba, rodeada de estos personajes tan maduros y responsables por trabajar en multinacionales y por ser hijos de ministros se acabó. Una simple pregunta cambió toda la percepción que tenían de mí, y todo el respeto que se había formado entre ellos y yo: ¿Tú cuántos años tienes? Mi respuesta no tuvo lugar a dudas y respondí con toda confianza: -Yo, yo tengo veintiún años-

La cara de todos se transformó. Las miradas estaban dirigidas a mí, los comentarios salían a relucir y el desprecio se empezó a sentir en el ambiente. Ellos me miraban como si fuéramos de mundos  distintos. Como si ellos fueran de Marte y yo de Plutón. Como si hubiera insultado a sus mamás o fuera una ladrona tratando de invadir su espacio. Yo era una intrusa, una “culicagada” como decidieron apodarme y una bebé que tenían que cuidar como muñeca de porcelana impedida y hueca. Una ‘pobre’ niña de veintiún años, estudiante e incapacitad para opinar porque mi mundo universitario no es nada comparado con sus grandes conflictos sobre cómo lidiar con jefes y cómo ahorrar el agua de los aparta-estudios para que los servicios no sean tan caros.

Claro, no niego que efectivamente hay una gran diferencia de edades. Que el trabajo es distinto a la universidad y que los conflictos son distintos. Yo me preocupo por pasar las materias y buscar la forma de no matar a puños a un profesor que todos los días me saca la piedra. Ellos posiblemente tratan todos los días de no matarse a puños a ellos mismos por cometer errores que pueden ser garrafales en sus empresas. Si, no lo niego, yo sé que hay una diferencia grande edad y de cómo se ve la vida. 

Lo que no permito y es precisamente por lo que escribo esta columna de opinión, es el hecho de tener que tratarnos a las universitarias y a las que somos menores como si fuésemos taradas. Fue así como me vieron. Como una  niña hueca a la cual no se le podía preguntar ningún tema diferente a la universidad y a cómo fue mi experiencia en el colegio. Me veían como si fuera la primera vez que me iba de paseo un puente y para completar o como la niña que no podía fumarse un cigarrillo, (porque qué horror, tan chiquita y fumando). Me sentí compartiendo con personas prepotentes que no podían aceptar a alguien menor pues me veían como un bicho raro.

Mi punto es que no sé si a alguna otra persona de mi edad le ha pasado esto, pero quiero dejar un mensaje claro: La edad no hace a las personas. Las personas se hacen por su forma de ver la vida y por cómo actúan frente a la misma. No creo que la  edad se relacione con madurez ni la madurez tenga que ver con el hecho de tener casa propia y carro comprado a cuotas. Si es así, entonces el hijo del ministro -el que tantas risas me sacó- sería la persona más madura y la más sensata que haya podido conocer. Creo que mi lección de vida frente a esto es que entiendan que no creo en que las que somos más pequeñas de edad debamos ser tratadas como las niñas indefensas y bobas que no pueden relacionarse con personajes mayores. Tengo veintiún años ¿y qué? No creo ser menos que ellos y por lo menos a mi modo de ver, puedo decir que hasta me considero mejor que al menos uno de los que estaban en ese paseo.

 

3.Columna Nueva

La culpa es nuestra

Este país está acabado. Cada día que pasa reitero mi pensamiento de que este país va de mal en peor. Más allá del abuso de la autoridad o de los miles y miles de fraudes que todos los días acaban con la dignidad de un país que en teoría trata de luchar contra esto por medio nuestra democracia, creo que el mayor de los problemas somos todos nosotros. Los mismos ciudadanos, los mismos que elegimos y brindamos el poder. Los mismos que cada cierto tiempo le damos nuestros votos a personas en las que ciegamente confiamos y que –como diríamos los colombianos- terminan sacando las garras con actos increíbles pero ciertos.

El  caso del Senador Eduardo Merlano, quien al negarse a realizarse una prueba de alcoholemia requerida por las autoridades el pasado 13 de mayo y quien al parecer utilizó el tráfico de influencias para poder librarse de este trámite exigido a toda la ciudadanía sin excepción alguna es la muestra de que los colombianos somos el problema. Nos falta exigir respeto y nos falta reclamar realmente el hecho de que tanto los derechos como los deberes son aplicables para todo el mundo, sin exceptuar a nadie por más que sea senador, congresista o un civil más.

El caso de Merlano tiene varios tintes y entre uno de ellos,  es más, el más resaltable es la poca memoria que tenemos en Colombia. Por esto mismo reitero, que el mayor problema somos nosotros mismos quienes damos un voto sin acordarnos del pasado o entender realmente el por qué votamos. Este senador es hijo del Ex senador Jairo Merlano, quien se encuentra pagando siete años de cárcel por “parapolítica” y por haber comprado votos para llegar a la política por parte de Paramilitares de la costa Caribe de Colombia. Muchos dicen que luego de haber sido recluido este ex senador, su hijo Eduardo Merlano pudo haber obtenido su curul en el Senado gracias a muchas influencias de su padre y el fuerte movimiento de fichas de su padre que lo llevaron al Senado.

Creo que muchas de las teorías que se mueven alrededor de la familia Merlano deben ser comprobadas. No obstante, pasa lo mismo con muchos de los políticos que están ahorita o han estado en el poder en Colombia. Nexos, relaciones, herencias, actos, etc. que han tenido que ver con posiciones subversivas o con situaciones que no son legitimas para poder gobernar. Los supuestos nexos del ex presidente Uribe, el pasado oscuro del Alcalde Petro en el M19 y el mismo caso de Merlano, hijo de un personaje ‘manchado’ de parapolítica que le heredó a su hijo al menos esa actitud prepotente como si el hecho de ser senador le diera grandes ventajas en un país, que en teoría lucha por la equidad y la estabilidad.

El problema, quiero que se entiende creo que tiene que ver con este país sin memoria  o desinteresado en conocer cuál es el pasado de las personas a las que se le da el voto para representarnos en el gobierno. Muchas veces se vota sin saber y eso tendrá que ver por la ignorancia de no entender cuáles son las ventajas o desventajas y sobre cuáles son los hechos pasados que pueden llegar a repercutir en un presente que pueda generar algún escándalo.

Creo que es necesario sentarse a pensar antes de elegir. Sentarse a analizar y no votar por votar. Se le está dando el poder a las personas que menos la merecen. Tal y como lo  dijo el presidente del partido de ala U, Juan Lozano, los hechos como el de Merlano son reprochables. Son hechos que no tienen razón de ser. Comparto la idea con este político y siento que este tipo de situaciones tienen también nuestra responsabilidad. No sabemos a qué tipo de personas elegimos y esto nos puede llevar a sorprendernos como pasó con el Senador Merlano que lo mínimo que puede hacer sea reconocer su error y renunciar. Eso sí sería digno de un representante del país.

 

4. Columna Corregida

Que se consiga a otra… o a otro!

Hace unos días tuve que pasar por una situación, que para ser sincera, nunca pensé que fuera a vivir y mucho menos a aceptar. He oído hablar de eso y conozco el tema. Además, varias amigas me comentaban sus experiencias; hablaban de lo impotentes que podían llegar a sentirse y de cómo tenían que hacer para superar esto con el diálogo y una buena disposición frente al tema. No obstante, otras, simplemente ignoraban los hechos y suponían que nada estaba pasando. Pero me llegó el momento de vivir a mí esta situación que sencillamente me dejó un mal sabor y una gran humillación: fui víctima de lo que se denomina micro-machismo.

Mi historia es la siguiente: desde hace un tiempo, tengo -o tenía- un romance, por decirlo de alguna manera, con un tipo que pensé que era perfecto. Pero claro, no todo en la vida es perfecto, y mucho menos los hombres que parecen serlo, porque terminan sacando las garras. Estábamos con tres  amigos de él tomándonos unos tragos y hablando temas irrelevantes para el caso, pero en un momento, la conversación se volvió un poco tensa para mí. Empezaron a hablar de cómo se debía tratar a las mujeres y de cómo tocaba manejarlas para que no se fueran a rebelar. Debo aclarar que no hablaron de maltrato físico, pero por el tono en el que manejaron el tema, si podría decir que la solución para ellos, era el maltrato verbal.

Al comienzo, el tipo con el que yo estaba sólo se reía de las estupideces que los amigos decían. Ellos hablaban de no permitirles a sus novias hablar con otros hombres, no podían mirar a nadie que no fueran ellos -cosa que ellos sí podrían hacer si se presentara la oportunidad inversa-, que no debían salir a la calle sin ellos y menos con amigos y para completar se sentían ofendidos si ellas en algún momento trataban de opinar sobre  temas “importantes” según su criterio.

Cuando empezaron a hablar de esto, me sentí tan ofendida que decidí involucrarme a la conversación, pero cuando fui a dar mi opinión, el personaje con el que yo estaba se volteó, me miró y dijo con un tonito muy sutil: -“Linda, este es un tema de hombres, tu no entiendes de esto y ten en cuenta que esto que están diciendo, también aplica para ti”-.

Mi cara se transformó y me paré de la mesa indignada. Él se levantó y se fue detrás de mí. Yo sólo lo miraba con cara de odio y el trataba de calmarme diciéndome que yo tenía que entender que las cosas con él eran así: que yo debía aceptar que el saliera sólo y pudiera bailar, coquetear, mirar, etc. a otras mujeres pero que yo debía quedarme en mi casa juiciosa porque no había posibilidad de que yo pudiera salir con mis amigas, que no le gustaba que me metiera en los temas de los hombres, que yo tenía que hacer lo que él dijera si no quería tener “problemas” y para completar, decidió rebajarme tanto y humillarme tanto que hasta me dijo que de ahora en adelante yo no debía preocuparme por gasta plata para salir con él y que ni se me pasara por la cabeza gastarle algo a él, porque no le gustaba que las mujeres pagaran ni pusieran plata. Lo grave de la historia es que yo como una idiota acepté las condiciones.

Sí, así de sencillo, le dije que aceptaba las condiciones, como una estúpida. Lo bueno, es que hasta hace muy poco recapacité de todo lo que me dijo y según lo que entendí me tocaba ser una relegada a él. Pero no. Si  en teoría quiere que no me rebele, pues lo siento mucho. No voy aceptar lo que muchas colombianas tienen que aceptar que no sólo es el maltrato psicológico o verbal, sino el maltrato físico de los hombres machistas que creen que nosotras no podemos desenvolvernos solas en un mundo equitativo para los dos géneros.

 Según un estudio del DANE,  un 41% de los hombres en Colombia- incluyendo a este porcentaje al tipo con el que estaba- ve a las mujeres relegadas a ellos, y deben cumplir el papel de quedarse en la casa cocinando, planchando, limpiando y demás, porque en teoría ese es su papel en la sociedad.  Una posición machista que lo único que hace es demostrar que en Colombia, el maltrato a la mujer no sólo es físico. Por lo cual, me niego a aceptar que este tipo de cosas pasen y que el micro machismo que se constituye de hechos pequeños que degradan la posición del sexo femenino ante lo hombres, sea una constante en la sociedad y que nosotras muchas veces aceptemos este maltrato.

Es por esta razón, que quiero rebelarme. No lo hice en el momento adecuado pero quiero hacerlo. No voy a permitir que me traten como si fuera una tarada, como si no pudiera pensar o actuar según mis decisiones, no voy a permitir que un tipo llegue a decirme que mi plata no vale y que no va a aceptar que yo use mi propia plata, y para completar que yo tenga que aceptar que él haga y deshaga cuantas veces quiera mientras yo me quedo en mi casa. Pues no, y si lo que quiere es alguien que le haga caso frente a sus requerimientos para no tener “problemas”, pues que se levante a otra, o mejor aún a alguno de sus amigos que de pronto si le aceptan y apoyan sus locuras porque yo no voy a jugar ese jueguito. Qué se levante a otro.

Sólo quiero hacer un llamado a que como mujeres no nos dejemos humillar.  La psicóloga Paola Silva F, experta en el tema de la posición relegada de  la mujer afirma que el machismo y este tipo de maltrato, afirma que los hombres que actúan de esta forma tienen un perfil determinado de inmadurez, dependencia afectiva, inseguridad, emocionalmente inestables, impacientes e impulsivos.

 

Muchas veces nos encontramos con este tipo de hombres que simplemente nos tratan de mostrar que son más fuertes que nosotras y que el poder de levantar la voz los hace hombres de carácter a quienes no se les debe refutar nada. Pero quiero que quede claro, que los inestables son ellos y los débiles realmente no somos nosotras. No podemos aceptar el machismo, ni mucho menos esos micro-machismos que nos parecen muy comunes y no nos damos cuenta realmente de lo que está pasando. Levantar la voz o poner condiciones en las cuales nosotras somos vistas como un objeto no es sinónimo de fortaleza, más bien tener el carácter para rechazar estas actitudes es lo que se necesita para acabar con el machismo.

 

APS

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