Importación/Exportación

por La hora del escarnio


Nunca me dejaron ver telenovelas. Las “señoras bien” de Caracas asocian las novelas con las empleadas -las flojas, que se sientan frente al televisor y “no mueven ni un dedo” por culpa de esos culebrones -interesantísimos, por lo demás- pero “de muy mal gusto”.

Es por eso que la única novela que recuerdo haber visto es Marimar (que ni siquiera es venezolana), porque la transmitían en un horario que coincidía con las salidas de mi mamá a buscar a mis hermanos al colegio. Por mi ignorancia farandulera, desde que llegué a Colombia he padecido numerosos episodios incómodos en los que algún simpaticón de la hermana república me hace chistesitos sobre Venezuela y sus novelas:

– Aaaah, ¿tú eres venezolana?, ¿y ustedes sí dicen eso de “maldita lisiada”?.

– Oye, chama, ¿de verdad en Caracas las casas están todas pintadas de curuba?

– Aaaah, venezolana, entonces tú eres de El país de las mujeres

No los entiendo. Nunca vi esas novelas, ni sus casas pintadas de curuba (tuve que preguntar qué demonios era curuba), ni sus malditas lisiadas. Pero no hay que ser antipático, entonces sonrío disimulando la incomodidad y hago una nota mental de meterme a youtube y revisar algunas de estas importantísimas referencias culturales.

Lo que he descubierto es que, junto con el petróleo, lo único que Venezuela parece haber exportado con éxito son las telenovelas. Y ya ni eso. Los últimos doce años de la historia venezolana demuestran una caída en picada de la producción nacional de arroz (disminución de 17,5% entre 2000 y 2010), de azúcar (se contrajo en 3 millones de toneladas métricas en los últimos 4 años), de políticos (desde 1999 no hemos sido capaces de producir un solo líder digno) y hasta de material televisivo (con el cierre de RCTV en 2007 la cantidad de programas de televisión se redujo al menos a la mitad). Lo que sí parecemos estar exportando más que nunca es a los propios venezolanos: según un artículo de Semana, en 2011 el DAS entregó un promedio de 46 cédulas de extranjería a venezolanos para vivir en Colombia.

Por su parte, los productos colombianos son cada vez más frecuentes de nuestro lado de la frontera, al punto de que ahora somos los venezolanos los que preguntamos, emocionados, a cada colombiano que se nos cruza, por El cartel de los sapos, El capo y Sin tetas no hay paraíso. Sobra decir que esas telenovelas sí las vi, toditas, comiendo crispetas junto con mi mamá y –se los juro- mi abuela.

Los disparos y las sirenas de ambulancias que parecen escucharse a toda hora por las calles de Caracas producen un miedo quizá comparable al que se vivía en Bogotá en la época en que las bombas eran casi algo común. La facilidad con que se aprieta un gatillo en Caracas es comparable a la tranquilidad con que los personajes de El cartel van disparando sus balas de mentira. Los países hermanos hemos hecho un canje maravilloso: nosotros les mandamos venezolanos autoexiliados y ustedes nos mandan sus fascinantes historias de traquetos. Quizá nos guste tanto verlas porque nos sentimos identificados con esas historias que son ya el pasado de Colombia pero que se han convertido en el presente de Venezuela.

 

 

Daniella Mendoza.

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