La Ley como memoria

por La hora del escarnio


Robby Ospina – columna corregida no 2.

El genocidio es uno de los crímenes que no prescriben. Y es, pocos discutirán sobre esto, un acto de una naturaleza tan horrenda y cruel que pone en tela de juicio toda afirmación sobre la bondad del hombre. Es algo así como la foto más fea de la especie, un acto perpetuado con la intención de destruir a un grupo numeroso de personas que comparten una religión o pertenecen a la misma etnia. Los libros de historia registran dos genocidios durante el siglo XX: el armenio y el judío.

Del judío se habla bastante, del armenio poco. Incluso, existe unanimidad internacional entorno a la responsabilidad del gobierno nazi en el asesinato de alrededor de 6 millones de judíos, pero algunos todavía niegan la muerte de 1.5 millones de armenios en manos del ejército del Imperio Turco Otomano, entre 1915 – 1917. Creo que esto ocurre por razones políticas: los Estados que niegan el genocidio armenio sobreponen los intereses militares y económicos a la ley internacional.

Una decisión que debilita la ley como una herramienta de construcción de memoria, por eso es destacable el proyecto legislativo del gobierno de Nicolás Sarkozy, de castigar hasta con un año de prisión a las personas que nieguen la existencia del genocidio armenio. Tan destacable como otros dos hechos que apuntan hacia la misma dirección: la ratificación de la condena de 30 años de cárcel al coronel Plazas Vegas por las desapariciones de Irma Franco y Carlos Rodríguez durante la re – toma del Palacio de Justicia en 1985 y la decisión del Consejo Nacional de Educación de Chile de modificar los libros de texto para volver a denominar dictadura a la era de Augusto Pinochet.

Tres medidas y un solo objetivo: establecer las decisiones legislativas como vehículos de construcción de memoria. Es decir, como medios para recordar lo que no deseamos ser como especie. Pues los hombres inventan normas, entre otras razones, para recordar. Diría Thomas Hobbes, un filosofo inglés, que la Ley le recuerda al hombre su compromiso de ceder la violencia al Estado (Leviatán, 1651). Y desde la década de los 40’s, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial y de las Convenciones de la Naciones Unidas sobre el Genocidio (1948) y los Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad (1970), esa función nemotécnica de la Ley se hizo cada vez más importante.

Hasta el punto que en el Convención de la Naciones Unidas de 1970 se habla de crímenes imprescriptibles. O, para decirlo en los términos que se vienen trabajando, hechos violentos que la humanidad, y de paso la justicia, nunca olvidarán. Así, algunas leyes, y en últimas medida ciertas decisiones judiciales, les recuerdan a los hombres una historia de errores y desaciertos. Sin duda, con el propósito de recordarles aquello que no deben ser. En pocas palabras, este tipo de medidas permiten a los humanos tener a mano el pasado y hacerse una idea del futuro.

Seguir en este camino, – fortalecer la Ley como herramienta nemotécnica -, debería convertirse en uno de los mayores retos de los Gobiernos del siglo XXI. De lo contrario, se seguirán presentando eventos horrendos como guerras y exterminios.  

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