Santos el ingenuo

por La hora del escarnio


Robby Ospina – columna corregida no 1.

Puerto Nariño es un pueblo de esos de postal. Con los caminos trazados a regla desde un escritorio y con las casitas uniformes, como hechas por la misma persona. Queda a unos cuarenta minutos de Leticia, – si el viaje se hace en esas potentes lanchas de motor Suzuki 500-. Es un lugar tranquilo, por el que sólo pasan unos cuantos turistas y alguna que otra serpiente pitón. La mayor amenaza que enfrenta Puerto Nariño es el río Amazonas, que a veces se crece y destroza a su paso el muelle y el primer piso del Ayuntamiento.

Este año el río subió. Y según el IDEAM, alcanzó un nivel histórico de 18 metros de altura. La zona fue declarada en alerta roja y los 1.818 habitantes del casco urbano están a la expectativa de la ayuda del Gobierno y los organismos de prevención. Lo cierto es que el invierno, otra vez, tiene al borde del abismo a buena parte del país y que Juan Manuel Santos no logró cumplir su promesa de convertir el desastre en una oportunidad para el desarrollo. Tal parece que el presidente se quedó en el discurso y no pasó a la acción.

Y no es que mintiera descaradamente cuando en 2011 aseguró estar dispuesto a trasformar los desastres ocasionados por la lluvia en grandes obras y bienestar económico. No. Más que mentiroso fue ingenuo. Olvidó que la etapa de implementación de las políticas públicas debe monitorearse con sofisticados instrumentos de gestión. Pues Elmore y Wildawsky, señalan que muchas de las buenas intenciones de lo políticos no logran cumplirse cuando pasan del papel al mundo real debido a problemas de ejecución. Algo similar pasó cuando quiso acabar con las conejeras de las Corporaciones Autónomas Regionales, organismos que tienen la tarea de decidir sobre muchos asuntos de la política ambiental (incluida la prevención).

Pero la ingenuidad de Juan Manuel Santos no se reduce a un asunto de amnesia teórica, va mucho más allá. Parece que de tanto estudiar a los economistas neoliberales, el presidente olvidó como funciona el país (diría Jorge Eliecer Gaitán) político. Ese en donde se toman las decisiones que afectan el espacio público. Allí las preocupaciones no son de orden técnico (es decir, no tienen que ver con complicadas teorías sobre desarrollo económico) sino políticas. Para ponerlo más sencillo, lo que el alcalde de Puerto Nariño discute con sus asesores no es quién es la persona más idónea para dirigir la oficina de alcantarillado y acueductos, sino si este o aquel otro ingeniero viene recomendado desde Bogotá o Leticia.

Reprochable, pero así es. Y la historia no juzga a los gobiernos por sus intenciones, (de lo contrario Andrés Pastrana sería estudiado como el mejor mandatario de la historia de Colombia), sino por la acciones que llevan a resultados deseados. Así que presidente Juan Manuel Santos, deje por un rato a Milton Friedman y vaya y mójese con el agua del Río Amazonas. Porque mientras usted sigue pidiendo asesoría de expertos y más expertos el país se cae a pedazos. Pues el invierno no da espera y la ingenuidad en política se paga bien caro.

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